El espectacular rescate de Evangelina Cossío, la mujer más bella de Cuba

Corría el año 1896. A sus 17 años Evangelina Cossío era considerada como una de las mujeres más bellas de Cuba. Tan hermosa era la joven que el jefe militar de la Isla de Pinos, coronel José Bérriz, se enamoró perdidamente de ella. Como Evangelina no le hizo el menor caso, el militar, lleno de despecho, sentenció al padre de la muchacha, colaborador del Ejército Libertador cubano, a realizar trabajos forzados en un apartado rincón de la geografía pinera.

Semejante abuso impulsó a un grupo de patriotas cubanos a preparar un atrevido plan de levantamiento y fuga. De acuerdo con Evangelina, esta atrajo al coronel Bérriz fingiendo ceder a sus requerimientos amorosos, pero el militar español pronto se vio rodeado de los conspiradores. A sus gritos de auxilio acudió la escolta a enfrentarse con los patriotas que, superados en número y armamento, tuvieron que huir y, perseguidos con saña, fueron asesinados o apresados.

Evangelina vivió escondida en los montes de Isla de Pinos hasta que rendida por el hambre y el cansancio se entregó a las autoridades militares de Nueva Gerona. El iracundo coronel Bérriz decidió entonces enviarla presa a la Casa de Recogidas de La Habana. Como una criminal peligrosa, con las manos amarradas a la espalda, hizo el trayecto desde Batabanó a la capital. A lo largo del camino el elemento integrista se reunía para ofender a la joven y vejarla.

Fue encerrada junto a las presas comunes y tuvo que dormir en el suelo, entre la inmundicia, pues no se le permitió siquiera tener cama. Con su familia en la lejana Isla de Pinos, comía sólo gracias a la caridad de las reclusas y de algunos habaneros que, sobornando carceleros y desafiando a las autoridades, le hacían llegar los alimentos. Juzgada con rigurosidad por un tribunal militar, los españoles la sentenciaron a 20 años de prisión en los presidios de Ceuta, en África.

La injusticia de su caso y las circunstancias peculiares que le rodearon alcanzaron tintes épicos y hasta el mismo cónsul de los Estados Unidos, Fitzhugh Lee se interesó por ella. Fue el diplomático norteño quien hizo partícipes de la historia de Evangelina a dos periodistas norteamericanos del Journal de Nueva York, quienes publicaron las aventuras de la joven en Estados Unidos.

Una gran campaña de prensa se desató entonces para exigir a España su liberación. Diez mil damas norteamericanas dieron su firma para pedir la libertad de aquella que era casi una niña y a quien los rigores de la prisión le habían minando la salud. Hasta la reina Victoria de Inglaterra conoció del caso y censuró la crueldad de las autoridades españolas.

Mientras los españoles ignoraban las demandas de humanidad que les llegaban de todas partes, cinco hombres decidieron tomar la justicia por su mano y liberar a Evangelina del cautiverio. Dos periodistas estadounidenses, un inglés y dos cubanos, alquilaron una casa cuyas paredes colindaban con la prisión y, en un par de noches, cruzaron los muros.

El 6 octubre de 1897, tras un primer intento de serrar los barrotes de la celda la noche anterior, consiguen sacar a duras penas, a la esbelta Evangelina que se las ingenia para deslizarse a través del pequeño hueco que deja el único barrote que han conseguido doblar. En seguida atraviesan el abismo del estrecho callejón sobre la inestable escalera que separa, la cárcel, de su guarida. Puestos a salvo, bajan a la calle donde les aguarda un carruaje que los traslada hasta una casa en La Habana Vieja.

Las autoridades españolas sintiéndose totalmente burladas establecieron un gran dispositivo de búsqueda y captura; pero La Habana entera protegió a Evangelina y nunca pudieron encontrarla.

Sus liberadores la escondieron en una casa en las cercanías del puerto. La vistieron como un hombre, escondieron su hermosa melena bajo un sombrero y le pusieron un purito a medio fumar en los labios. Le habían preparado unos papeles falsos a nombre de Juan Sola, y sola embarcó en el “Séneca” sin levantar las sospechas de los aduaneros, rumbo a la gloria en Manhattan.

El arribo de Evangelina Cossío a Estados Unidos fue todo un acontecimiento que acrecentó aún más la simpatía que ya sentían los norteamericanos por los patriotas de la Isla. Miles de personas acudieron al Madison Square Garden para escucharla. Ella les habló del sufrimiento de su pueblo y de las barbaries que cometían los españoles en Cuba. Al terminar el acto los asistentes habían depositado sobre el escenario medio millón de dólares que Evangelina entregó al Partido Revolucionario Cubano.

Terminada la guerra se casó con Carlos Carbonell, uno de los jóvenes cubanos que participó en su rescate. En la República tuvo una vida larga y honorable, venerada por todos sus compatriotas que la consideran un símbolo de la mujer cubana.


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