Eusebio Leal, las curiosidades desconocidas del católico fidelista que rescató La Habana

¿Por qué siempre vestía de gris? ¿Cambió sus apellidos porque odiaba a su padre? ¿Cómo llegó a Historiador de la Ciudad de La Habana un hombre que solo estudió hasta sexto grado? ¿Sabías que estuvo casado varias veces o que fue bodeguero durante su juventud? Aquí te contamos algunas curiosidades sobre Eusebio Leal, el personaje que se creo para si mismo durante décadas en Cuba…

Eusebio Leal nunca imaginó lo que le deparaba el destino. Era un simple hijo de campesinos, proveniente de una familia con ascendencia franco-alemana que llegaron desde Haití, que nació en La Habana el 11 de septiembre de 1942.

Su padre nunca se ocupó de él, tanto así que cuando pudo cambió el orden de sus apellidos, que realmente eran Spengler Leal. Su madre fue su vida, por eso quiso reconocerla poniendo el apellido de ella primero.

Pasará a la posteridad por su tenaz empeño en restaurar y devolver a la vida el bello centro histórico de la capital cubana

Silvia, su madre, murió siendo una anciana centenaria, pero de la ausencia temprana del hogar de Eusebio, el padre, nunca hablaba en público. “Tuvimos una relación distante”, dijo en una ocasión, pues “mi padre fue un fugitivo de la Revolución; yo soy hijo de ella”, admitió.

Un hombre que nació destinado a la grandeza, pues nunca terminó ni el 5to grado escolar. Su propia madre encomendó su cuidado a un comerciante asturiano, dueño de una bodega, para que la ayudara con su crianza. Ella le inculcó la fe cristiana, y ayudó a forjar su carácter y su vocación sacerdotal. Leal, sin embargo, no quiso seguir el camino de Dios pues confesó que “amaba extraordinariamente a la mujer” y el celibato lo privaría de los deseos de la carne.

Aún así, nunca abandonó la fe en Dios, llegando a decir que si una día le tocaba marchar a una solitaria isla solo llevaría con siglo la Biblia.

Desde joven tuvo inquietudes políticas y que mejor que asociarse como militante de la Juventud de Acción Católica, de la que formó parte antes del triunfo de la Revolución.

Leal era respetado como pocos en la socarrona Cuba y admirado por su elegante oratoria

Con 16 años ya trabajaba como inspector de impuestos de la alcaldía de La Habana, puesto que le logró conocer a quien sería su maestro y mentor, Emilio Roig de Leuchsenring, entonces Historiador de La Habana.

Tras el triunfo de Fidel Castro volvió a estudiar, para finalmente lograr tener su certificado de 6to grado. Lo que no imaginó es que todo se le vendría encima demasiado rápido y que en 1964, solo cinco años después de la llegada de la Revolución, sería el encargado a sustituir a Roig en el puesto de Historiador de la Ciudad, a pesar de no tener ningún respaldo de títulos universitarios. Las criticas lo abrumaron, acusándole de “falta de rigor, improvisador, advenedizo”.

Supo crecerse ante esto y demostrar que los conocimientos los tenia y que si hacia falta títulos, él sería capaz de mostrarlos. Así, a mediados de 1970, logró ser examinado por un tribunal universitario especial y graduarse de Licenciatura en Historia. Pero no le bastó, y como respuesta a sus detractores, acumuló durante su vida títulos y reconocimiento de las más importantes universidades del mundo.

Amante de las mujeres, llegó a tener varios matrimonios a cuesta, de los que nacieron cinco hijos, dos de los cuales residen en España. Tanto se hablaba de las aventuras amorosas de Leal, que aseguran que hasta el propio Fidel Castro le haló varias veces las orejas por ello.

Reconstruyó palacios, fortalezas, casas y plazas, y logró que la Unesco reconociera a La Habana Vieja como Patrimonio de la Humanidad en 1982. Sin embargo, esta misma pasión le robó todo el espacio de su vida personal, llegando a confesar que lo único que lamentaba de su trabajo era el poco espacio que le dejaba para si mismo. “Me ha pesado mucho el personaje que creé”, admitió en una de sus entrevistas.

Muchos vecinos de La Habana Vieja le comparaban con la figura de un alcalde

Vistió de gris desde mediados de los 60, color elegido para comunicarse mejor con los presos (de uniforme gris) que lo ayudaron a convertir el antiguo Palacio de los Capitanes Generales en el Museo de la Ciudad. El lugar fue rebautizado posteriormente como Museo de la Ciudad y en él instaló Leal su cuartel general, la Oficina del Historiador, principal inversionista del plan de restauración desde 1981.

Solo vestía de azul en días especiales, cuando recibía reyes o jefes de Estado, o cuando iba a ser merecedor de algún reconocimiento importante.

Pudo vérsele durante décadas recorriendo cada mañana La Habana Vieja con paso corto y rápido del seminarista que siempre albergó en su alma. De estatura media, escaso cabello y lentes, fue controvertido, polémico, elogiado y vituperado.

“Más que marxista fui fidelista”, afirmó en el plano político. Miembro del Partido Comunista (PCC, único) desde 1991 y diputado en el Parlamento desde 1993, estimó que en Cuba fue “muy difícil compatibilizar religiosidad y revolución”, pero en su caso “nunca existió esa incompatibilidad”.

Consideró “un privilegio” contar con el “reconocimiento y la amistad” de Fidel y Raúl Castro. “Ahora, cuando ya no está, vuelve en sueños”, dijo Leal en 2018.

En 1993 el Gobierno otorgó “facultades excepcionales” a la Oficina del Historiador para crear y explotar fuentes económicas propias y destinar los ingresos a financiar el interrumpido plan de restauración.

Falleció a los 77 años de edad, de un cáncer de páncreas con el que luchó por años, aunque el Gobierno solo reconoció frente a la prensa estatal que había muerto victima de una “penosa enfermedad”.


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