¿Cómo vive un “palestino” en La Habana?

Héctor Pulgar Fernández posee un permiso de residencia transitoria en La Habana, pero no cuenta con ningún documento que ampare su labor de vender chiviricos (tira delgada de masa de pastel, frita y espolvoreada con azúcar), ya que no posee licencia de cuentapropista.

Nacido en el municipio Bartolomé Masó, en la oriental provincia Granma, decidió abrirse camino en la capital para buscarse la vida de cualquier forma posible. Hoy en día, se la pasa jugándole cabeza a la policía para que no lo atrapen mientras vende sus chiviricos.

Graduado como Profesor General Integral en la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos, Héctor impartía la asignatura Matemáticas en su localidad. Sin embargo, el desalentador salario que percibía por ejercer su profesión allí, acabó por hacer que cayera rendido ante la tentación de dar clases en La Habana, donde entre otras cosas le prometían una buena comida, albergue y la posibilidad de quedarse residiendo en la capital de forma legal.

Tras su llegada a La Habana comenzó a impartir la misma asignatura en Ciudad Libertad, pero nada de lo que le prometieron acabó por cuajar y todo se quedó en el aire.

“No cumplieron nada de lo que prometieron. La comida era un puro sancocho, las condiciones del alojamiento ni hablar y, lo de quedarme también fue puro cuento. En cuanto se graduaran los habaneros tendría que regresarme a mi provincia. Además, el salario de aquí alcanza mucho menos que allá”, cuenta Héctor.

Con el firme deseo de dejar atrás el atraso medieval en que se vive en las serranías de Bartolomé Masó, pensó que, como ciudadano de un país libre, él tenía derecho a buscar mejores opciones de empleo en la capital de todos los cubanos.

“Todo fue un problema. Como no tenía el cambio de dirección no me querían dar trabajo y lo más jodido del caso es que cuando me paraba la policía y veía mi dirección, me decían que estaba ilegal y que tenía que volver a mi provincia o me podrían una multa. En caso que reincidiera, me mandarían de cabeza para un calabozo hasta que pudieran deportarme”, cuenta.

Al regresar a su natal Granma, Héctor comenzó a trabajar en lo que apareciera en el momento. Eso sí, nunca más consideró la opción del magisterio.

“No me volvería a parar frente a un aula. No porque no me guste, sino porque aquí no se valora una profesión que tanto tiempo y dedicación demanda. Los bajos salarios, la desconsideración y la gran cantidad de tareas extracurriculares, hacen que cualquier profesor se desencante. Claro que tiene que haber un faltante de maestros que le ronca. Nadie quiere trabajar así”, asegura.

En 2019 viajó de nuevo a La Habana para vender de forma ilegal. No obstante, la policía lo detuvo y le levantaron un acta de advertencia en la que se especificaba que en cinco años no podía volver a La Habana.

La cosa no paró ahí, tras firmar el documento lo trasladaron a la estación de policía de Zapata y C, y luego al centro de detención La Blanquita. Posteriormente, lo mandaron de vuelta a su provincia.

Al llegar a su Bartolomé Masó le pusieron una multa de 350 pesos por “movimiento ilegal” y le advirtieron que, si ponía un pie de nuevo en La Habana, iría de cabeza a la cárcel El Típico de Manzanillo, o Las Mangas, en Bayamo, ambas en la provincia Granma.

No obstante, hoy en día Héctor está de nuevo en La Habana. Cuenta tan solo con un permiso transitorio de residencia por seis meses y, al no tener la posibilidad de trabajar de manera legal, se la juega al canelo a diario al vender sus chiviricos.

“Soy una especie de palestino en Israel o la Franja de Gaza. Por algo los habaneros nos llaman de esa forma. No podemos ni vivir en la capital de nuestro propio país. Le ronca…”, concluye.


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