Giselle, las confesiones de una prostituta en La Habana

En ocasiones, el remordimiento y el orgullo le juegan una mala pasada a Giselle, quien practica el más antiguo de los oficios para buscarse la vida.

Ella dejó los estudios en el segundo año de bachillerato, pero no tiene un pelo de tonta y sacando cuentas no hay quien le haga un cuento.

Comenzó en el mundo de los placeres de la carne a cambio de dinero para poder lograr cosas que sus padres no podían ofrecerle. Comer en restaurantes caros, hospedarse en hoteles de lujo y vestir a la moda, son solo algunas de las cosas que la motivaron a entrarle a la prostitución.

A Giselle el orgullo y el remordimiento a ratos le juegan una mala pasada.

Una magra comida al día no alcanzaba para llenar su hambre juvenil. Cuando cumplió los 15 años, el modesto salario de sus padres no permitió que pudiera costearse una fiesta como le hubiese gustado.

“Con tremendo sacrificio me llevaron a comer a una pizzería en el Barrio Chino. Al día siguiente, fui a casa de una amiga que estaba “luchando” y me metí a jinetear. Cuando comencé solo andaba con extranjeros, pero luego de pasar un tiempo en un reclusorio, me fui adaptando a los nuevos tiempos”, cuenta.

En la actualidad, Giselle atiende todo tipo de casos y según ella, es una batidora que enseña como regular la velocidad a sus clientes.

“Mientras me pague mis 25 o 30 CUC yo camino. Tengo un hijo y unos padres a los que mantener. Sin embargo, me da asco cuando tengo que irme a la cama con un viejo, un gordo o un pervertido. La dosis de decencia que aún conservo me hace que pierda clientes”, asegura Giselle.

Giselle, las confesiones de una prostituta en La Habana
Comenzó a prostituirse por puro placer. Quería ser diferente.

La prostitución en la Isla nunca se erradicó por completo. Sin embargo, muchas se vistieron de milicianas, se matricularon en escuelas nocturnas de superación para la mujer. Algunas aprendieron corte y costura o a manejar y se convirtieron en las primeras taxistas femeninas. Como negocio, la prostitución casi desapareció.

Posteriormente, con la llegada del turismo extranjero, la prostitución pasó a ser un negocio redondo para muchas mujeres y hombres. Como en cualquier país el mecanismo funcionaba de manera bastante sencilla, tú ofreces, yo pago. No obstante, en Cuba existen algunos detalles bastante novedosos.

Si usted se da una vuelta por cualquier bar privado o estatal, discoteca o el malecón habanero, comprobará que la prostitución, del género que sea, es tan numerosa que asusta.

En el caso de las mujeres, la necesidad y la competencia las ha llevado a ser cada vez más atrevidas.

La prostitución es su modo de vida.

“Si un hombre está bebiendo solo lo abordan y en un santiamén te leen todo el menú de servicios”, cuenta Ricardo, quien suele frecuentar varios sitios nocturnos en La Habana.

En un bar privado en la calle 23, confortable y climatizado, las jineteras hacen sus rondas a la caza de posibles clientes.

“Según como se mire le puede dar valor o no al negocio. Después de darse unos tragos, hay que clientes que desean compartir con una jinetera. Sin embargo, todo es no es positivo. En primer lugar la policía comienza a marcar el negocio, ya que por lo general la prostitución genera broncas entre las jineteras y sus chulos. Además, ocupan un puesto en el bar sin consumir ni un solo CUC”, comenta el portero de uno de estos bares del Vedado capitalino.

Quería vestir a la moda y comer en restaurantes de lujo

El gran problema de chicas como Giselle, además del remordimiento, es que no le gusta venderse por poco.

“Yo tengo mi tarifa fija, pero cuando estás dos o tres días que viras para la casas sin un peso, tienes que aceptar cualquier cliente. Si no es contigo, hay mil más que se van por menos. A veces me encuentro entre la espada y la pared. No me queda otra que decidir entre la soberbia y el hijo que tengo que alimentar, calzar y vestir”, concluye Giselle.


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