Llega y pon, la triste vida de llegar del oriente a La Habana en busca de un mejor futuro

Llegan en horario nocturno, aprovechando la oscuridad, y en un santiamén levantan un cuarto, no importa de qué material sean las paredes, el piso o el techo, para sumar otro llega y pon a las más de 20000 viviendas registradas en los 23 barrios ilegales de La Habana.

En su mayoría, ninguna de las familias cuenta con propiedad del terreno. Tampoco poseen libreta de abastecimiento, ni contador eléctrico ni agua del acueducto. Una tendedera que va de casa en casa los ayuda a mantenerse iluminados de noche y a prender alguno que otro equipo electrodoméstico, agobiados por el bajo voltaje.

Son lugares donde abundan el fango y la vegetación; sin calles, ni aceras ni alcantarillado para evacuar los residuales.

El fenómeno, presente en otras ciudades del país, tomó fuerza a raíz del Período Especial, cuando entidades estatales tuvieron que redimensionarse, y talleres y locales administrativos quedaron abandonados y ocupados por personas necesitadas, que en muchos casos fueron autorizadas por directivos que ya no están, con la esperanza de algún día legalizar su vivienda.

Otros, nativos de provincias o municipios vecinos, vinieron después en busca de mejores oportunidades y empleo, o para hacerse de una casita, embullados por los que llegaron primero para esquivar discrepancias familiares ante una prole numerosa.

Desconocen que el área usurpada pertenece a la Agricultura, la Forestal, una industria u otro organismo, y que no siempre está apta para vivir ante la cercanía de una fábrica con producciones nocivas para la salud o encontrarse en zonas por donde pasan líneas de alta tensión que las hacen vulnerables.

Disimiles son las causas de este problema aún por resolver, entre ellos, la tolerancia, compromiso y hasta sobornos para evitar el peso de la ley. Sin embargo, la principal sigue siendo la situación de la vivienda y la lentitud en la enramada madeja de trámites para tener los papeles en orden.

La casa ubicada en el callejón del Guacalote dista de medir cuatro metros cuadrados. La tierra húmeda se apelotona en el portal y ocupa todo el suelo de la pequeña vivienda. Explica la joven que el presupuesto inicial solo dio para las paredes de tabla y las planchas de fibrocemento, y quedan pendientes el baño y el piso. Hace 11 años que vive en estas condiciones; ahora, con dos niños, a los que cría sola. Al indagar sobre los motivos que la llevaron a dar este paso, alegó sobre el deseo de independizarse de su familia.

— ¿Y la corriente?

—El voltaje es malo y a la hora de la comida la situación es peor, pese a pagar una tarifa mensual de 8,45 pesos a la Empresa Eléctrica.

—¿Y la escuela?

—La que nos pertenece está lejos, allá en la carretera. Si los niños se enferman hay que salir como sea al policlínico. Se comenta que van a reorganizar estos barrios, pero a nosotros nadie que sepa y mande ha venido a decirnos nada.

Llegaron de Santiago de Cuba hace cinco años, buscaban prosperar. La casa es pequeña, pero reúne las condiciones básicas para una pareja. Contrario a muchos de los vecinos, cuentan con un espacio más confortable, un baño dentro de la vivienda y piso de cemento. Sonríen si se les llama ilegales; prefieren considerarse «emprendedores».

“Queremos mejorar, tenemos los bloques y solo nos falta el cemento para ver si empezamos a levantar las paredes», dice la muchacha con la convicción de que en su solarcito echarán raíces. Mi sueño es que nos den la propiedad para poder coger la leche de nuestros hijos en la bodega y no esperar que mi papá venga cuando pueda de tan lejos con los mandados de la cuota”, nos cuenta.

La mujer nos habla apoyada en la cerca que rodea la casa de madera. “Pagamos 4000 pesos por este solar a un hombre que la vendía. Claro, sin papeles”.

La mayoría de los que allí conviven tuvieron que luchar su pedacito mediante la compra de parcelas. “La vida está dura y la tierra cara —dice—, y el que se casa, casa quiere”, aunque el entorno sea paupérrimo.

El habitáculo, casi en ruinas, se encuentra apuntalado y el techo amenaza con desmoronarse sobre la cama de los tres niños. Preguntamos por el agua. Hicieron un pozo de brocal, pero desconocen si reúne las condiciones necesarias para el consumo humano. El esposo trabaja y ella se dedica a la venta de cloro y vino en el barrio.

Sus vecinos residen en condiciones semejantes, entre desechos sólidos propiciados por la misma comunidad, donde si llueve los carros no pueden entrar, y en viviendas, en su mayoría, de madera y cartón, sin siquiera letrinas, y con un cuadrito de cemento con paredes de saco que funge de bañadera.

En el Fanguito, uno de los más grande llega y pon de La Habana, si bien las casas más antiguas tienen propiedad, pues estaban allí desde hace décadas, el aumento de las construcciones al margen de lo estipulado ha sido directamente proporcional al crecimiento de los núcleos familiares.

“Vivíamos todos con mi mamá y poco a poco nos fuimos independizando, construyendo al lado. Mis hermanos y mi hija están ilegales. En el 2001 abrimos expedientes en la Vivienda, pero el único que prosperó de la familia fue el mío. Navegué con suerte; de todas formas aquí lo único que puede pasar es que lleguen los inspectores y pongan multas de 500 pesos por construir sin permiso”, nos comenta Ana.

Por esta área también prolifera la insalubridad: desechos y animales muertos se acumulan en cualquier esquina del barrio de casitas aglomeradas, sin pavimento y pobre iluminación, porque por allí no pasa el carro de la basura. Por si esto fuera poco, el hedor a excrementos de toda índole se expande, y las jabitas de nailon reemplazan la función de las fosas y los baños.


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