A Elpidio Valdés en Cuba lo mataron entre Mickey Mouse y las Barbie

Todo comenzó el mes pasado, cuando a mi hijo se le ocurrió pedir para su cumpleaños “todo de Elpidio Valdés”. Cuando un niño te dice “todo” en ese contexto, se refiere, por lo menos, a piñata, cartel para detrás del cake, velita, cadeneta y libritos de colorear, marcadores, rompecabezas, cualquiera de esos artículos que se utilizan para otra novedad, no tan nueva ya, en los cumpleaños cubanos: “los regalitos”.

Mi primera reacción fue de mucho entusiasmo, aunque siempre con alguna reserva, pues nunca me había tropezado con el clásico de Juan Padrón en las llamadas casas de cumpleaños, pero como la esperanza es lo último que se pierde y yo andaba orgullosa de que mi hijo prefiriera al pillo manigüero, insurrecto mambí, salí con toda mi energía positiva a buscar… sin embargo… no encontré.

¿Pero tiene que ser Elpidio Valdés? Me preguntaban una y otra vez las vendedoras rodeadas de opciones: el rayo Mc Quin, Spiderman, Ben10, Manny, todas las princesas de Disney, estilizados cuerpos de Barbie y la Sofía, una niña de pueblo que estudia para ser aristócrata… pero Elpidio, Maria Silvia y Eutelia brillaban por su ausencia.

Javi, por si no fuera suficiente, agregó a la lista de encargos el juego: “ponle la cola a Palmiche”, entre muchas variantes del antológico rabo al burro como: ponle el cintillo a cenicienta, la araña a Spiderman o una oreja a Mickey Mouse, Palmiche, ese simpático caballo de guerra, no existía.

Ni este que está aquí atrás, me asegura Maribel Delgado, quien vende en una surtida tienda particular de artículos para cumpleaños: “En los años que llevo aquí jamás he tenido una mamá o un papá que me haya pedido a Elpidio Valdés ni ningún otro muñequito cubano, todo lo que se busca es extranjero, sobre todo Mickey Mouse, Sofía y Frozen son los que más se venden actualmente.”

Esa es la razón que casi todos los cuentapropistas explican sobre por qué no forman parte de la oferta una historia con la que crecimos varias generaciones de cubanos que aprendimos a pensar y reírnos al mismo tiempo y a sentirnos invencibles y orgullosos de ser cubanos, entre otras muchas buenas moralejas. Si no hay demanda, no hay oferta.

Argelia Pilar Domínguez es promotora de ventas en ARTEX y tiene una niña de cinco años me comentó: “En la tienda tenemos marcadores con la imagen de Resoplez que cuestan 30 centavos en CUC y afiches de Elpidio Valdés a 80 centavos, imagínate, la movilidad de esos productos es muy lenta, sí ofertamos artículos como mochilas, por ejemplo, con el Capitán Plin y otros muñequitos cubanos, pero no Elpidio Valdés.

“Yo pienso que si entraran libritos de historietas, didácticos o de colorear, sí se venderían, porque a diario vienen clientes buscando ese tipo de artículos y sería una buena manera de promocionar esos muñes que tienen tan buenas enseñanzas y con los que uno se divertía tanto, además sirven igual para niñas y niños y hasta los adultos los volvemos a ver y los seguimos disfrutando”, añadió.

Mi amiga Giselle, quien tuvo la tarea de pintar a Palmiche con todo y rabo para su sobrino, me llama la atención sobre un detalle: ¿Cada qué tiempo ponen Elpidio Valdés en la televisión? Lo ven los niños que sus padres se los han grabado, bueno mira, a veces vienen episodios en el paquete, si los niños no los ven, no los conocen, no pueden preferirlos, aunque tú y yo, que si nos dimos una buena tanda, sabemos que son geniales”.

Ana es una abuela joven y confiesa: “A mí me encanta ver muñequitos, siempre los he seguido, me sentaba con mis hijos y ahora con mis nietos y te digo que me da nostalgia, porque yo quería ser una viejita como Chuncha. De Elpidio Valdés que te puedo contar, solo piensa en la cantidad de frases que uno repite todos los días.

“Ahora la verdad es que son muy lindos, más sofisticados y yo creo que está bien que se transmitan esos muñes tan modernos, pero parece mentira que los de nosotros se pongan cada vez menos”.

Después de muchas carreras y con la ayuda de toda la familia, mi hijo tuvo su cumpleaños con casi todo de Elpidio Valdés.

Resumo las últimas peripecias: no hay Elpidio para colorear en Internet, no hay tampoco tiras de historieta, pero con las pocas imágenes que hallé, se improvisó un librito. Me robé un banner de alguna web, que lucía pintado para marcadores y, como tenía a toda la tropa, era unisex.

Los abuelos hicieron una súper piñata de Elpidio, tal y como la pidió el “antojadito” nieto y finalmente, en una de las tantas tiendas que visité me imprimieron la cadeneta de triangulitos con Elpidio Valdés que Javi había solicitado expresamente. Como ya les dije Giselle garantizó la variante del rabo al burro.

Lo mejor es que a los niños les gustó la fiesta aunque no asistió ninguna de las estrellas de Multivisión, así que podría ser el perfecto final feliz, pero cuando repaso la saga previa no puedo evitar preguntarme hacia dónde vamos cuando, sumergidos entre tanta propuesta foránea que sí, es muy linda, atractiva y hasta necesaria, no encontramos la manera de darle el lugar que merece a lo que realmente nos representa.

Lo pienso y solo atino a decir: “¡Josú, qué susto!”.


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