Modesto y Margarita, un amor maldito que vive en el Cementerio de Colón en La Habana

En todas las épocas han existido seres cuyas aventuras y desventuras amorosas tuvieron una fuerza dramática tal, que trascendieron su período histórico a vivir para ser convertidos en leyendas.

Los amores maldecidos, han sido origen de las más grandes obras de la literatura universal. De un modo casi mágico, personas de existencia real, cuyas vidas y azahares tomaron por asalto la memoria popular, fueron sustraídos de la realidad y convertidos en seres de fantasía.

Estas leyendas también forman parte del árbol mitológico de la Mayor de las Antillas, y puede decirse que han sido recreadas de la más pura realidad por el imaginario social, conservadas en la memoria popular y transmitidas de bocas a oídos por generaciones de cubanos. Desde aquellas lejanas épocas, en que solía hablarse mucho más de amor, que de sexo.

Entre las más famosas leyendas del Cementerio de Colón, en La Ciudad de La Habana, se encuentra la de los ocupantes de una tumba que contiene en su epitafio, uno de los más sentidos reclamos de amor que hubiese recogido piedra alguna, en aquel sacrosanto lugar.

Margarita Pacheco era al principio, tan solo una conocida del barrio. Se cuenta que el marido le propinaba golpes frecuentemente, en medio de violentas discusiones. Modesto Cantó Menjíbar, conocía de la nobleza de carácter de esta vecina y sentía mucha pena de su situación. Esto le llevó a un sentimiento más profundo y algún tiempo después, sin darse cuenta como ni cuando, sintieron ambos recíproca simpatía. Una atracción irresistible, que no pudo definirse, hasta que la separación del cruel marido fuera sentencia legal.

Modesto era mucho mayor que Margarita, pero eso no era impedimento para que la primavera del amor les inundarse el alma y efectuaran su unión. Las críticas y los perjuicios de la época no lograron opacar la felicidad de la pareja, pero algún tiempo después, la escuálida cruel de la guadaña, le arrebató a Modesto la mujer de su vida.

Fallece ella de 39 años. Él sufrió respirando por 20 años más sin vivirlos, durante los cuales visitaba a diario la tumba de su amada. Cuentan que acompañado de un músico amigo, le dedicaba una hermosa melodía a los acordes de un violín, interpretando un himno titulado: “Sublime sueño”, que el propio Modesto compuso para ella. Profesor de oficio, músico y escultor, talló el busto de Margarita en 1964 con la inscripción: “Margarita mía, modelo ésta obra inspirado en tu sagrada memoria. Tu Modesto”.

También, esculpió un busto de él al año siguiente, que colocó al lado del de su amada. Así esperaba el momento para unirse a ella. En el panteón, conocido como “la Tumba del Amor”, puede apreciarse un epitafio que dice: “Bondadoso caminante: abstrae tu mente del ingrato mundo unos momentos y dedica un pensamiento de amor y paz a estos dos seres, a quienes el destino tronchó su felicidad terrenal, y cuyos restos mortales reposan para siempre en esta sepultura, cumpliendo un sagrado juramento. Te damos las gracias desde lo eterno. Modesto y Margarita”.

Afirman los presentes en el entierro, que al bajar el sarcófago de Modesto a la sepultura, una luz blanca ascendió al cielo, llevándose el alma de los amantes.


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