Yerberos, cuando las plantas se convierten en medicina en Cuba

Si fuésemos a mencionar a los tipos más agasajados dentro de los barrios cubanos, quizás no pudiera quedar fuera de ese listado el bodeguero, el presidente del comité y aunque muchos no lo crean, también el yerbero.

En la mayoría de las ocasiones los yerberos transforman la sala de su propia vivienda en una especie de tienda llena de estantes con diferentes yerbas y palos. A ellos, acude lo mismo la prostituta a conseguir un poco de “no me olvides” para amarrar al italiano que se va a casar con ella, el propietario de una casa procurando un poco de “yo puedo más que tu” para sacar de una vez y por todas a ese pariente al que una vez le tiró un cabo y que ahora no quiere marcharse, o algún que otro Romeo buscando alguna yerba que le permita echar el guante a su Julieta.

También suele pasarse por casa del yerbero aquella estudiante universitaria que anda en amoríos con el gerente de una tienda, pero al este estar casado, se hace necesario para ella mover cielo y tierra ver si la solución a sus problemas económicos deja a su esposa legítima y se pone de a lleno para las cosas con ella.

Son muchos los que vienen y van a casa de los yerberos. A veces para causar daño y otras para librarse de él. Algunas veces, los “malo espíritus” se cuelan entre las cuatro paredes de una casa y hay que exorcizarla mediante un despojo con todas las de la ley, con ramas de albahaca fresca y cascarilla, por lo que una vez más es el yerbero quien proporciona los medios.

Quienes “tienen bateo” con los riñones le piden guizaso de caballo; para el calambre en las piernas le piden epazote para hacer cocimiento; romerillo para la garganta; manzanilla para “trancar” la diarrea; jarabe de güira para el catarro; sebo de carnero para los dolores de reuma; manteca de corojo o de majá para los empachos, entre otros muchos.

Su trabajo antes de 1959 era mucho más tranquilo, ya que por lo general los yerberos andaban de aquí para allá con su carretilla y la parqueaban donde quiera sin el menor contratiempos. Sin embargo, con la llegada del comandante, quien “llegó y mando a parar”, el salir a la calle dejó de ser una opción y se han limitado a vender sus productos en sus propias viviendas o en sitios arrendados.

Como mismo sucede en otras ramas del cuentapropismo, los yerberos sufren del acoso de inspectores corruptos que buscan “hacer el diario” a costa de cualquier dueño de un negocio, ya sea un desmochador de palmas o un yerbero. Pero ahí están, en todos los barrios, ayudando a que sea más fácil cualquier empresa porque, con la yerba adecuada, no hay cosa que se resista.


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