A la vuelta de la esquina está la muerte del CUC en Cuba

Una botella de aceite a 2 CUC o 50 CUP: es un ejemplo del singular sistema de doble moneda que Cuba mantiene por 26 años y que se alista a eliminar, poniendo fin a privilegios cambiarios que hasta ahora han mantenido la inflación a raya en el país.

En la isla operan dos monedas nacionales: el histórico peso cubano CUP y, desde 1994, el peso convertible CUC, equivalente al dólar y creado en crisis económica tras el fin de la Unión Soviética, ante la imposibilidad de usar dólares en sus transacciones internacionales y en medio del bloqueo de Estados Unidos.

Utilizado inicialmente por turistas, se masificó. Un CUC (1 dólar) equivale a entre 24 y 25 CUP. Los supermercados etiquetan en ambas monedas. En los barrios da igual comprar cilantro con 5 pesos cubanos o 20 centavos de CUC, aunque el albañil cobra sus trabajos privados en CUC.

Para Marlen Leyva, una jubilada de 68 años, “es lo mismo. Un pomo de aceite tiene el mismo valor (equivalente en CUP o en CUC). Ahora todos tenemos el derecho de comprar con moneda nacional (peso cubano) o con CUC” en el supermercado.

 

Para sincerar la economía cubana y abrirse más al mundo, debe eliminar este año el CUC. Hace solo unos días, el presidente Miguel Díaz-Canel dijo que el tema no podía esperar más.

La reforma “dejará al peso cubano como la moneda oficial y determinará la eliminación gradual del peso cubano convertible (CUC)”, anunció en 2013 Marino Murillo, zar de las medidas económicas.

Hace cinco años que emitieron billetes CUP con valores de 200, 500 y 1000, para hacer más prácticos los pagos, pues sólo abundaban de 20 y 100.

El “Día 0” sigue sin conocerse, pero no es tan simple como retirar una moneda, ya que deberá eliminarse también la tasa preferencial de cambio que tienen las empresas estatales.

La tasa preferencial de 1 peso cubano CUP por 1 USD permite a las estatales -que representan el 85% de la economía del país- abaratar sus costos de compra. Cuando eso acabe, importarán sus insumos ya no a 1 por 1 sino a un tipo de cambio “normal”, que será más alto.

Los costos se encarecerán y se trasladarán al precio de venta al público. Economistas coinciden en que Cuba no tiene las reservas suficientes para subvenciones. La situación es compleja en un país con salarios estatales de 30 dólares en promedio y donde una botella de aceite cuesta 2 dólares, casi el 7% del sueldo.

En cambio, las exportadoras recibirán más pesos por dólar vendido y harán contrapeso. “Los sectores beneficiados deberían estar en condiciones de pagar mayores salarios y los perdedores deberían cerrar o fusionarse”, consideró el economista cubano Pavel Vidal.

Si bien un mayor salario ayuda, el temor de un alza de precios puede generar sobredemanda en un país que importa más del 80% de lo que consume. La reforma monetaria debe ir acompañada de una apertura mayor a la inversión extranjera y privada, más allá del bloqueo.

Las dificultades de una moneda más o menos ficticia y devaluada al extremo existían desde décadas atrás. Desde el punto de vista simbólico, y al mismo tiempo práctico, ni siquiera se trata de algo exclusivo de Cuba, sino de una situación propia de los llamados países socialistas y en primer lugar de la Unión Soviética.

El concepto de peso convertible no nace en la Isla y mucho menos durante la mencionada crisis. En cualquier hotel moscovita uno encontraba, en 1980 por ejemplo, mercancías valoradas en “rublo dólares”. Es decir, con un valor que no respondía al del dinero que circulaba en las calles de la capital soviética, porque para comprarlas había que tener otros rublos, los adquiridos con dólares norteamericanos.

En la URSS y los países socialistas, esa doble moneda reflejaba el valor reducido de la moneda nacional frente a otras divisas, al tiempo que le permitía al gobierno negociar en un mercado reducido (el turístico) sin recurrir a una devaluación.

Sólo que para los soviéticos y los ciudadanos de Europa del Este, el dinero que recibían por concepto de salario les servía para suplir un buen número de necesidades (aunque de forma limitada), mientras que la divisa era sobre todo un pasaporte a la ilusión: la posibilidad de tener una serie de artículos más o menos comunes en cualquier sociedad occidental, pero para ellos transformados en objetos de ensueño.

De esta forma, la dualidad típica de cualquier país capitalista —entre tener o no tener dinero para comprar desde comida a desodorante— era para los soviéticos la disyuntiva entre la capacidad para adquirir el jabón sin envoltura y otro con perfume y etiqueta.

Por otra parte, las dos caras del problema son conocidas también en los países capitalistas, aunque con una definición más realista y cruda.

En muchas naciones subdesarrolladas y pobres, el valor depreciado de la moneda se asume como miseria, explotación de mano de obra barata y precios bajos. En otras, determinados controles estatales sirven más de pantalla que de control eficiente para mitigar la realidad. Durante décadas, en Latinoamérica se han sucedido gobiernos de estricto control monetario por otros de un liberalismo absoluto, con resultados nefastos en ambos casos.

En el caso de Cuba, a consecuencia de la supervivencia del modelo tras la crisis por la desaparición de la URSS, se ha creado una amalgama que hace que el asunto sea más complejo, aunque no menos crudo: el peso convertible o la divisa no son sólo el pasaporte a la ilusión sino también, y en muchos casos, la única vía para satisfacer las necesidades: la opción entre diversos jabones sustituida por la posibilidad de tener el artículo para bañarse.

No es que el Estado cubano tenga una enorme deficiencia a la hora de producir artículos de mejor calidad y más atractivos: es que resulta incapaz de producir alguno.

La clave radica en que la dualidad no es sólo monetaria. Tiene que ver con el sistema político adoptado y las aspiraciones sociales dentro de este sistema. El problema surge, como ha ocurrido en Cuba, cuando las soluciones políticas sustituyen —o tratan de ocultar— la realidad económica. Las subvenciones del Estado a ciertas mercancías, determinadas industrias y ciertos productos agrícolas —una práctica que también existe en las sociedades capitalistas— funcionan mejor cuando desempeñan el papel exclusivo de mecanismo compensatorio, sin definir el panorama económico.

Cuando esas supuestas soluciones políticas —que en la realidad no resuelven los problemas económicos— se ponen en práctica, por lo general traen como consecuencia el fortalecimiento de los mecanismos propios de la economía informal —y la culminación de estos en actividades ilegales como el mercado negro— que si bien deben su razón de ser al Estado (o a la ineficiencia estatal para aumentar la producción), no revierten ganancia alguna en éste.

Hasta ahora la dualidad monetaria ha reflejado —mientras que paradójicamente y al mismo tiempo también ha tratado de enmascarar— el problema aún mayor de la doble moral de un Estado que promete y no cumple, mientras aspira a que sus ciudadanos se sientan satisfechos no con la ilusión de la propaganda, sino con el conformismo de resolver a diario. El anuncio de su final, aunque paulatino, muestra un acercamiento más objetivo y pragmático a la realidad cubana.

Hay que ver ahora si esa especie de Caja de Pandora, que podría abrirse en los próximos meses, va a culminar con un enfrentamiento real a los problemas económicos —y a la puesta en práctica de las medidas necesarias para resolverlos— o si una vez más estaremos ante a esa especie de “ola marina” —que un día camina para adelante y otro para atrás— que ha resultado en buena medida la “actualización” castrista.


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