Los cubanoamericanos han logrado tener más poder durante la administración de Donald Trump que en cualquier presidencia anterior

¿A quién preferirías ver en la Casa Blanca? Esa es la pregunta que les hice a los cubanos en diciembre de 2015 al sondear sus opiniones sobre los candidatos presidenciales republicanos para un articulo en el que estaba trabajando.

“Si pudiera elegir, elegiría a Donald Trump”, me dijo una joven cubana de compras en el centro de La Habana.

“Él sabe que Cuba es un mercado virgen”, agregó otra señora que pasaba.

“Él estaría muy interesado en invertir aquí, así que no creo que lo deshaga todo”, dijo un hombre con una gorra de béisbol.

Después de cuatro años de duras sanciones que la administración Trump ha impuesto a los cubanos, los residentes de La Habana que entrevistamos suenan ingenuos, incluso pintorescos, hoy. Pero se les puede perdonar por haber sido demasiado optimistas: hablaron en un momento de gran esperanza, mientras el rumor y la emoción de la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba estaban en el aire.

Hace cinco años, las relaciones más amistosas parecían haber llegado para quedarse. Incluso Trump, en ese entonces un magnate inmobiliario más grande que la vida, estuvo de acuerdo en que “el concepto de apertura con Cuba está bien”.

Sin embargo, el cambio se define en una sola palabra: Florida. El mayor campo de batalla del país es el hogar de 1,5 millones de cubanoamericanos que, gracias al Colegio Electoral, han desempeñado durante mucho tiempo un papel importante en las campañas presidenciales. Trump logró exprimir a Hillary Clinton en Florida en 2016, y los analistas dicen que probablemente necesite recuperar el estado para obtener un segundo mandato.

“A Trump no le importa una mierda Cuba”, dice el sociólogo Guillermo Grenier, director de la encuesta de Cuba 2020 de la Universidad Internacional de Florida. “Está jugando para una audiencia local, jugando una carta que se le ha presentado, una que los republicanos han alimentado durante los últimos 40 años”, agregó.

A lo largo de 2016, Trump se enfrentó a Marco Rubio mientras luchaban por la nominación presidencial republicana. Trump se burló de las grandes orejas de Rubio, mientras que Rubio llamó a Trump un estafador e hizo insinuaciones sobre sus pequeñas manos. Pero después de que Rubio abandonó la carrera presidencial en marzo de 2016, el “genio muy estable” llegó a un acuerdo con el político de Miami, cuya marca política se centra en su oposición intransigente al Gobierno cubano.

Trump entendió desde muy temprano que para ganar la reelección, necesitaba cerrar en Florida. Se llegó a un acuerdo desde el principio que a cambio de que él revirtiera la política de Obama y hiciera lo que Marco Rubio y el congresista de Florida Mario Díaz-Balart querían que hiciera sobre la política hacia Cuba, disfrutaría de su apoyo inquebrantable en el resto de su agenda.

Los estrategas de Rubio y Trump creen que el camino hacia la victoria de 2020 en Florida pasa por los votantes cubanoamericanos, y que la mejor manera de obtener el voto es calentar la retórica anticubana probada y comprobada.

Después de que Trump asumió el cargo, Rubio tiene una línea directa con el presidente. Decenas de exfuncionarios de la Casa Blanca y legisladores republicanos actuales coinciden en que el político de Florida “se ha convertido efectivamente en el secretario de estado para América Latina”. Y en esa capacidad, Rubio ha podido colocar a los cubanoamericanos en puestos clave dentro de la administración Trump.

El principal de ellos es Mauricio Claver-Carone, un cabildero de carrera a quien Rubio colocó en el equipo de transición de la Casa Blanca en 2016 antes de trasladarlo al Consejo de Seguridad Nacional en 2018. Claver-Carone ha redactado toda la política de la Casa Blanca relacionada con Cuba desde entonces.

Asimismo, John Barsa, un cubanoamericano sin experiencia en ayuda humanitaria, encabeza la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, administrando el presupuesto de $ 20 mil millones de la organización. El acólito de Rubio Carlos Trujillo, también cubanoamericano, fue catapultado de legislador estatal de Florida a representante de Estados Unidos ante la Organización de Estados Americanos, el principal foro de discusión política del hemisferio, una promoción meteórica.

El resultado es que los cubanoamericanos tienen más poder en la administración Trump que en cualquier otra administración en la historia de Estados Unidos.

En la década de 1980, los cubano-estadounidenses anticastristas comenzaron a obtener la ciudadanía, a registrarse para votar y a organizarse para influir en las políticas.

Durante la administración Reagan, el lobby cubanoamericano tomó forma. En 1981, el magnate de la construcción y los medios de origen cubano Jorge Mas Canosa fundó la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA). La FNCA se basó en las contribuciones de poderosas familias cubanas que llegaron a Estados Unidos con fortunas y acumularon nuevas riquezas en Florida.

Los cubanoamericanos han ejercido una enorme influencia en la formulación de la política estadounidense, recaudando fondos para los miembros del Congreso y accediendo a los niveles más altos del poder ejecutivo.

La diáspora cubana ha disfrutado de una “influencia determinante” para mantener e incluso endurecer una política estadounidense hacia Cuba que busca un cambio de gobierno en La Habana.

Durante los últimos 60 años, ricos cubanoamericanos han pasado de ser meros instrumentos de la política de Estados Unidos hacia Cuba (como en la fallida invasión de Bahía de Cochinos respaldada por la CIA) a convertirse en influyentes políticos a través de grupos de presión como la FNCA para convertirse en los principales arquitectos de la política hacia Cuba, como se ha visto en la administración Trump.

Los cubanoamericanos han ejercido una enorme influencia en la formulación de la política estadounidense, recaudando fondos para los miembros del Congreso y accediendo a los niveles más altos del poder ejecutivo.

La diáspora cubana ha disfrutado de una “influencia determinante” para mantener e incluso endurecer una política estadounidense hacia Cuba que busca un cambio de gobierno en La Habana.

Durante los últimos 60 años, ricos cubanoamericanos han pasado de ser meros instrumentos de la política de Estados Unidos hacia Cuba (como en la fallida invasión de Bahía de Cochinos respaldada por la CIA) a convertirse en influyentes políticos a través de grupos de presión como la CANF para convertirse en los principales arquitectos de la política hacia Cuba, como se ha visto en la administración Trump.

Los cubanoamericanos que están en lo alto de la administración Trump son una especie particular. Rubio, Claver-Carone, Barsa y Trujillo están todos cortados por el mismo patrón: hombres, adinerados y empeñados en aplastar al gobierno de Cuba.

En Florida, los ricos cubanoamericanos han utilizado su poder político y mediático para asegurarse de que la narrativa dominante que escuche la gente sea la del cambio de gobierno en Cuba. Eso también es cierto a nivel nacional: todos y cada uno de los cubanoamericanos en el Congreso: los senadores Marco Rubio (FL-R), Ted Cruz (TX-R) y Bob Menéndez (NJ-D), y los representantes Mario Díaz- Balart (FL-R), Albio Sires (NJ-D), Alex Mooney (WV-R) y Anthony González (OH-R) han adoptado una posición de línea dura hacia la isla.

Una encuesta realizada este años por la Universidad de la Floridad sobre las actitudes de los cubanoamericanos en el sur de la Florida muestra que la mayoría de los cubanoamericanos apoyan el embargo estadounidense a Cuba. Pero la popularidad de la medida ha caído con los años: el 80 por ciento apoyó las sanciones cuando comenzaron las encuestas en 1991, en comparación con el 54 por ciento actual. En 2016, después de que Obama presentara una retórica diferente e implementara una política diferente, el apoyo a las sanciones entre los cubanoamericanos se redujo al 32 por ciento.

Mientras que los exiliados que llegaron en los años 60 y 70 no suelen tener mucha familia en la isla, los que llegaron más recientemente sí. Los que llegan más tarde están menos preocupados por “recuperar” su tierra natal y sus bienes, y más preocupados por visitar y ayudar a sus seres queridos en la isla.

Si bien la administración Trump ha recortado los viajes aéreos a todos los destinos excepto a La Habana, la encuesta de la FIU de 2020 encontró que el 65 por ciento de los encuestados apoya los viajes aéreos a todas las regiones de la isla.

El apoyo a largo plazo a la agenda de la línea dura está menguando no solo en la comunidad cubanoamericana en general, sino también dentro de la aristocracia cubanoamericana.

Muchos herederos más jóvenes de Bacardí votarán como demócratas, según una fuente cercana a la familia, y el magnate azucarero Alfy Fanjul, ex uno de los principales financiadores del movimiento anticastrista, ha viajado de regreso a la isla de su nacimiento para conversar con funcionarios cubanos.

A medida que la vieja guardia se extingue, el lobby anticastrista se ve obligado a vivir de una cantidad cada vez menor de donaciones. A largo plazo, las tendencias demográficas, junto con el interés sustancial de las empresas estadounidenses en la isla, pueden superar a los de línea dura.


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