Buscadores de oro en Guanabo… cuando tu riqueza es la desgracia de otro bañista en Cuba

Para el siglo XVII, La Habana se había convertido en una de las colonias más importantes de España. Su situación geográfica posibilitaba que el puerto de la villa fuera el más transitado de las aguas del Caribe. Los buques españoles hacían escala en la activa San Cristóbal de la Habana para reabastecerse y embarcarse nuevamente hacia la península ibérica, cargados de oro, plata y otras riquezas que extraían del Nuevo Mundo.

De este modo, las aguas cubanas y atlánticas que rodeaban las costas de la Isla se convirtieron en hogar de disímiles naufragios, producto de los huracanes, las tormentas y, a veces, ataques de corsarios y piratas. La fuerza del mar arrastraba todos estos tesoros hacia las costas cubanas. Enriquecidas con objetos antiguos, inigualables y de
incalculable valor, las propias aguas de La Habana se convirtieron en una gran fuente de riquezas.

Desde finales del siglo pasado, comenzó en Cuba una furia por la búsqueda de tesoros en playas, ensenadas, costas. Los habitantes de la isla, entrenados en el mar desde su infancia, se dedican a bucear, sin los equipos necesarios, en busca de objetos perdidos. Es un trabajo en extremo duro, no solo por las condiciones en que lo realizan: sin equipos de buceo, tanques de oxígeno ni trajes isotérmicos, sino además por la presión ejercida, pues para muchos, esta es la fuente de ingresos a su hogar, el sustento de su familia. Algunos pocos corren con la fortuna de que, algún familiar que viva en el extranjero, les regale un equipo para bucear y, de este modo, facilitar un poco el
extremo trabajo.

Al este de la capital, en el paradisíaco Guanabo, cada día antes de que salga el sol, para evitar ser interrumpidos, los buceadores salen con sus detectores de metales en busca de la suerte y la ayuda de la providencia. Así nos lo explica Amaury Fernández Cabrera, natural de Guanabo y buscador de oro profesional: “Pesco y buceo a pulmón desde muchacho, lo hago antes del amanecer. El sol agota mucho en verano y los bañistas interrumpen el trabajo. También buscamos en invierno, aunque hay demasiado frío, marejadas, frentes fríos, pero el mar arrastra arena, piedras y descubre tesoros. Un trabajo duro. Tuve suerte que una hermana, que vive en los Estados Unidos, me regaló un traje isotérmico y un detector de metales. No los venden en Cuba. Ni tanque de oxígeno. La inmensa mayoría de los buceadores no pueden tener esos recursos sin familiar afuera. Casi todos bucean a pulmón. Encontramos prendas, relojes, manillas, sortijas, aretes, cadenas de oro y plata, dinero. Hay quienes encuentran objetos muy antiguos, de mucho valor”.

El testimonio de Cabrera explicita la situación de estos arriesgados aventureros y las aguas del pueblo son testigos de su ardua labor.

Al ser Guanabo un lugar turístico por excelencia, tanto residentes de la Isla como extranjeros marchan para nadar en sus mágicas playas y la mayoría de las veces pierden objetos de valor, sustraídos por el mismo movimiento del mar. Ahí comienza la suerte y el trabajo de los buscadores de oro de Guanabo. Muchos de ellos han encontrado relojes, pulseras, anillos, aretes y cadenas, incluso hasta dinero. Otros, unos pocos, han hallado objetos antiguos de gran valor, pertenecientes a los tesoros de los buques españoles, que luego truecan por capital efectivo.

Los buscadores de Guanabo emplean métodos muy característicos de organización. Entrenan no solo sus pulmones, sino también su visión y su sentido de la orientación. Según testimonios, los buceadores fraccionan la playa y así, cada vez, buscan en diferentes lugares y abarcan más terrenos. Para aquellos que poseen los detectores de metales la labor se simplifica un poco, aunque la mayoría de las veces trozos de hierros, tapas metálicas y todo tipo de deshechos metálicos se adhieren a la superficie del detector, provocando el gruñido de sus propietarios.

Esta es la dura realidad de algunos miles de cubanos, tanto hombres como mujeres, que aún se encuentran a la espera del descubrimiento de un gran tesoro que los enriquezca y que mejore sus vidas. Por ello, ¡siguen buceando a pulmón!


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