¿Vendrán los tomates cubanos del frío Ártico?… por los precios parece que si

Mi prima, que no es mi prima, pero la llamo así, amaneció queriendo comprar tomates. Como su esposo cumplía años al día siguiente, planeaba hacerle una comidita de cumpleaños.

Y una comidita de homenaje, como se sabe, lleva su ensalada. En verdad, cualquier comidita, aunque no sea de cumpleaños, debe llevar su ensalada, por aquello del balance nutricional, lo saludable, etc., etc., etc.; pero bueno…

Pues mi prima salió en busca de tomates porque ahora, a casi mediados de diciembre, es lo más lógico buscar tomates, que no aguacates.

Como, por primera vez en este año que se acaba, está soplando el mono, se enganchó su abrigo, con cierto tufillo a guardado, y salió, jaba en mano.

En el mercadito más cercano a su casa los vio. Estaban en una tarima alejada, minúsculos, solitarios; más bien parecían cerezas grandes o ciruelas. En el temible cartoncito, que emergía de los tomates como mala yerba, leyó escrito con crayola: 50 pesos.

Eso tiene que estar mal, se dijo, y le preguntó al dependiente. Pero no, no estaba mal, la libra costaba allí 50 pesos.

Como mi prima andaba de buen humor ese día —eran las vísperas del cumple—, sin molestarse demasiado decidió ampliar el recorrido y fue a una placita algo más lejana. Allí los tomates estaban todavía más chiquitos, menos maduros, «apolismaítos», y costaban ¡40 pesos!

Pero mi prima no quería disgustarse; al día siguiente era el cumpleaños de su querido esposo y ella estaba entusiasmada con los preparativos, con seguir haciéndolo feliz. Así que se cerró el abrigo hasta el último botón y decidió emprender travesía hasta donde vivía el hijo, en el municipio Playa. Allí, además de ver al «criaturo» y tirarle un cabo en las cosas de la casa, seguro encontraba buenos tomates, a un precio lógico.

Como ya dije y todo el mundo sabe, está soplando el mono en este trocito caribeño que es «un eterno verano». Así que la gente ha sacado pa’ la calle sus bufandas, los pulóveres de cuello de tortuga, y hasta sobretodos de esos que imitan piel, parecidos a los del filme The Matrix.

Y resultaba curioso ver en el trayecto a quienes andaban por las calles lo mismo embutidos en sus abrigos unos, que otros en camiseta; algunas mujeres llevaban sus chales enredados al cuello y otras, blusitas desmangadas; hasta una calurosa andaba con un tope en el que, impreso en letras doradas, con mucho brillo, podía leerse, quizás para que no quedaran dudas: The hot girls.

Así que mi prima, que no es una hot girl, se volvió a abrochar el abrigo hasta arriba cuando bajó como pudo de la guagua y fue directico a donde estaba parqueado un carretillero, a escasos metros de la parada. Porque en el municipio Playa sí están autorizados esos trabajadores por cuenta propia, que te clavan su pregón en el medio de la oreja lo mismo cuando estás en lo mejor de la película, que cuando estás tratando de escuchar a alguien que te habla por el teléfono como si hubiera comunicado desde Saturno.

En medio de la carretilla y casi como adorno de navidad, estos sí maduritos, grandotes, rozagantes, estaban los tomates. Mi prima se acomodó la jaba al hombro cual fusil listo para el combate y empezó a escoger los rojos frutos —sí, son frutos porque así se nombra a la parte de la planta que contiene las semillas, aunque acostumbre llamárseles hortalizas, vegetales, verduras…

Cuando la jaba ya pesaba su poquito, le preguntó al vendedor, casi como quien no quiere la cosa: ¿y a cómo está la libra?

—30 pesitos, mi tía.

¿Será que un pesito vale menos que un peso? Ni valía menos, ni ella era tía de aquel señor, a quien apenas se le veía la cara de tanto cuello alzado, bufanda y también una gorra con orejeras forradas en piel, un tipo de chapka, de esas que vimos por primera vez en las cabezas de los hermanos rusos y que luego, por aquello del intercambio solidario, empezaron a verse también en las cabezas de cubanos friolentos, o solidarios.

Mi prima le volvió a preguntar al hombre con gorra, porque quizás no había entendido bien, y al comprobar que había entendido perfectamente, se le quedó mirando.

Cual tomate que rueda lenta, pero inexorablemente por una pendiente, la mirada de mi prima rodó por la figura del vendedor, recorriéndolo desde la peluda gorra hasta la punta de las botas.

Y, defendiendo a toda costa su buen humor de las vísperas de un cumpleaños, le comentó muy seria:

—Ah, ya entiendo. La libra de tomate vale 30 pesos porque usted acaba de traerlos directico del Ártico. Están acabaditos de llegar de las nieves polares, ¿verdad?


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