jueves, diciembre 2, 2021
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La olvidada historia de los dos jóvenes cubanos que murieron camino a Madrid en el tren de aterrizaje de un avión

Cuba es la cuna del invento. Un cubano es capaz de hacer mano de todo tipo de mañas y recovecos para cumplir su objetivo. Bien se conoce que cuando se habla de temas técnicos, como lograr que un Chevrolet del 42 (y demás carros americanos viejísimos y valiosísimos) funcione con un motor de lancha y ande muy campante por las calles de La Habana (o del resto de la isla), el cubano “se pasa”, se reinventa y se vuelve a reinventar cuando las condiciones propicias se agotan y las circunstancias se tuercen.

Aquí uno ha visto de todo: un cierre de maletero de automóvil reemplazado por un yale de puerta, un ventilador órbita con aspas de plástico fundido sacado de cucharitas desechables (y funcionando tan bien como en los años 80 o aún antes), un microwave con botones de un teléfono (de los blancos, esos de ETECSA) en vez de los originales, un Cadillac de antes del 50 con motor de lavadora, la afamada “chivichana” (tan popular, intrínseca y autóctona de la cultura cubana) ¿sigo? ¿Qué puedo decir? Aquí se nace con inspiración en las venas. Se podría hacer un canal de Youtube con todo eso y hasta tendría más suscriptores que “Ideas en 5 minutos”.

El cubano es capaz de dar con las alternativas más surrealistas, inventivas e sagaces. Y hasta para irse del país (sobre todo para eso, de hecho).

Hace unos 30 años, en julio de 1991, fue grande el revuelo causado por dos muchachos que se agarraron de las “patas” de un avión comercial con la esperanza de arribar al territorio a donde se dirigía este. Muchos detalles sobre el hecho aún son inciertos, de hecho, es casi imposible encontrar actualmente alguna información en la “red de redes” sobre lo ocurrido, por lo tanto, lo único que queda es el recuerdo, el “boca a boca” y muchas conjeturas al respecto.

En coloquios casuales ha salido ese tópico algunas veces. Se cuenta que los muchachos eran estudiantes de una de las escuelas militares “Camilo Cienfuegos” en la capital cubana y dado que algún familiar o conocido había regresado de visita del exterior, la familia arregló el pase de estos.

La prensa lo identificó entonces como José Manuel Acevedo Cárdenas, de 20 años, y Alepis Hernández Chacón, de 19.

Aparentemente no planearon mucho (o no se molestaron en investigar algo de Física básica), porque decidieron irse por la vía fácil y, literalmente, engancharse de las “patas” de un avión a punto de despegar. ¿Quién sabe? Tal vez trataron de llevar a cabo estrategias más legales y seguras (pero, sobre todo, cuerdas), pero esta fue la que al final ejecutaron.

Pues sí, lo cometido sí fue intencional y premeditado por ambos involucrados, no fue nada como pasar por el aeropuerto, brincar la cerca y correr “a todo lo que da” hasta engancharse al avión.

Cuando el aeroplano recogió los soportes de donde iban sujetos, se vieron dentro de un compartimento sin ventilación, sin calefacción, sin ningún tipo de comodidad (por supuesto) y poquísima, poquitísima seguridad. ¿Imaginen atravesar el Atlántico así?

Se asume que ambos muchachos se murieron de hipotermia cuando viajaban sobre el océano, pero que el rigor mortis permitió que no se desprendieran del aeroplano y cayeran como meteoritos hasta esa latitud. El personal del aeropuerto confirmó que los cuerpos congelados de los dos jóvenes cayeron desplomados cuando los técnicos abrieron el compartimiento del tren de aterrizaje.

El tren de aterrizaje de las aeronaves -el espacio más común usado por estas personas- no cuenta con calefacción, oxígeno ni presión artificial, elementos cruciales para que los pulmones funcionen con normalidad en la altitud.

Asimismo, a medida que los aviones ascienden, la temperatura exterior puede descender a unos 63 grados bajo cero, provocando hipotermia.

Si la persona sobrevive estas duras condiciones -que se pueden agravar más en dependencia de la altura que alcance la aeronave y los tiempos de vuelo- también existe la posibilidad de caer al vacío o ser aplastado por el movimiento del tren de aterrizaje, en el momento en que el avión baja las ruedas para tocar tierra.

Y cuentos así hay para aburrir. No hallo incorrecto ese grandísimo afán de los cubanos por evolucionar y superarse en cada momento, lo que, tal vez, esa imaginación y capacidad resolutiva la deberían reservar para temas un poco menos peligrosos. Se debería reflexionar, al menos, un poquito más cuando la primera idea que te pasa por la mente es engancharse a un avión que despega.


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