La desconocida historia de los amantes enterrados vivos en La Habana

Quienes escogieron la definitiva ubicación de San Cristóbal de La Habana, en la ribera occidental del puerto Carenas, votaron por una comarca más llana que un plato.

Un solo accidente orográfico —mínimo, es verdad— rompe con la monotonía de la planicie: la colina que inicialmente se conoció como Peña Pobre.

Ése sería el escenario, en el ya remoto siglo XVIII, de un espeluznante drama de pasión y de muerte.

El tabaco —conocido por los europeos cuando en Cuba dos exploradores de Colón vieron fumar— es un personaje protagónico en esta anécdota de celos y crimen.

Desde muy temprana época, San Cristóbal de La Habana se vio rodeada por un cinturón tabacalero: San Miguel, Guanabacoa, Bejucal, Santiago de las Vegas…

Se ha dicho repetidamente —con don Fernando a la cabeza— que el cultivo de la hoja es más arte que trabajo, una ocupación que nunca pudo ser encargada al desmotivado esclavo, pues había de constituirse en empeño de hombres libres.

Y como tales procedieron los vegueros —isleños o criollos pobres— de las inmediaciones habaneras, cuando se alzaron en armas por tres veces; primeros movimientos insurreccionales de no indios en las Américas, según la opinión de numerosos historiadores.

Aparece en cualquier libro elemental de historia: los vegueros lograron derribar al gobierno en 1717, cuando el gobernador Vicente de Raja tuvo que embarcarse para España, siguiendo —según el comentario de un cronista— el criterio de que es mejor decir “aquí corrió” que “aquí lo mataron”.

Mas el león ibérico no soportaría mansamente la rebeldía insular. En junio de 1718 arriba a costa cubana, en dos buques de guerra y dos transportes, un nuevo gobernador, Gregorio Guazo Calderón Fernández de la Vega, Caballero de la Orden de Santiago: el militarote de mano dura que envía la Metrópoli. Lo acompañan mil guerreros veteranos.

Así, están en la escena todos los elementos de la tragedia cuando se produce una nueva asonada en 1723. Los vegueros no solo se niegan a entregar su producto, sino que están destruyendo las cementeras de los agricultores que no los secundan.

Un millar de sediciosos armados rodean el camino desde Calabazar hasta San Antonio de las Vegas.

Pero Guazo no es hombre de blanduras cuando la autoridad se discute. Por orden suya el capitán Don Ygnacio Barrutia, al amanecer del 24 de febrero, cae sobre los insurrectos en Santiago de las Vegas, con hombres de a caballo y dos compañías de infantes.

Hubo resistencia, desesperada, pero los labradores contaban con un maltrecho arsenal: además de sus machetes de labor, algunos oxidados arcabuces y mohosas escopetas. Y las tropas de Guazo acababan de traer a Cuba, por vez primera, el fusil y la bayoneta, destinados a sustituir al mosquete y la pica.

Se impondría la superioridad material. Un grupo de labradores cae prisionero y, sin que mediara juicio alguno, los cadáveres de Mateo Ravelo, Eusebio Pérez, José Canino, Blas Martín, Melchor Martín (padre), Melchor Martín (hijo), Juan de Quesada y Pedro González cuelgan de los árboles en Jesús del Monte.

De la ciudad se ha apropiado el terror más absoluto.

En tales circunstancias, escudándose en las sombras de la noche, un superviviente se escurre por las calles de La Habana hasta llegar a la Loma de Peña Pobre, ya nombrada del Ángel.

El veguero, fugitivo tras la matanza de Jesús del Monte, había llegado a un punto del paisaje habanero, no solo prominente por ser una elevación, sino por su relevancia en el transcurrir de la ciudad.

Edificada a finales de los 1600 por el obispo Diego Avelino de Compostela —infatigable creador de templos—, allí se halla la iglesia del Santo Ángel Custodio, donde después serían bautizados desde Félix Varela hasta José Martí, desde Francisco de Albear hasta Alicia Alonso. Además, es el ambiente alrededor del cual se mueve Cecilia Valdés.

El fugitivo que aquella noche merodeaba por la Loma del Ángel, no andaba en busca del reposo espiritual que el templo podía brindarle. No, su interés era mucho más terrenal: huir de la persecución decretada por el gobernador contra los vegueros rebeldes.

Y bien sabía él que allí mismo, en la colina de Peña Pobre, había una mano amiga que iba a salvarlo de sucumbir a mano de sus angustiadores.

Tenía razón el veguero. Bastó tocar a la puerta para que sus temores se disipasen, con la calurosa bienvenida del amigo a toda prueba. Y no sospechaba que en aquel mismo momento comenzaba a gestarse uno de los crímenes pasionales más horrendos en toda la historia habanera.

En el sótano de aquella casa de Peña Pobre halló el perseguido confortable refugio. Puntualmente recibía su alimento, por mano de la bellísima esposa del amigo, acompañado de una sonrisa de simpatía.

Y ahí radicó el eje de la tragedia. Pues al cabo de un tiempo surgiría entre el perseguido y la mujer de su benefactor un amor doblemente culpable.

Fatalmente, el burlado regresó un mal día en hora imprevista y, a través de una rendija que comunicaba con el escondite, pudo ver con sus propios ojos la prueba de su deshonra.

No hizo notar su presencia. Se retiró, para regresar a la hora acostumbrada, sin dejar traslucir su desdicha. Al día siguiente, adquirió en la farmacia un potente narcótico, y también se le vio comprar una exigua cantidad de materiales de construcción.

Los amantes despertaron de su sopor para descubrir, horrorizados, que se hallaban en el sótano, escenario de sus caricias… con la puerta tapiada.

Un siglo después, al efectuarse unas excavaciones, mientras se abría el tramo de la calle Cuarteles desde la iglesia del Ángel hasta las murallas, aparecieron sobre una cama ya deshecha los esqueletos de los amantes que fueron enterrados en vida.


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