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La croqueta está lista para convertirse en el plato nacional de la población en Cuba en el 2021

El Ministro de la Industria Alimentaria compareció hace unos días en el programa Mesa Redonda, por lo que el resumen de la audiencia no tardó en salir a la luz para que, una vez más, palabras de funcionarios y altos cargos de Cuba sean mofas para llenar la sección de humor de los diarios. Y es que, al final, es la mejor de las alternativas: toda la información relevante que se anuncia en estos tiempos acaba memetizada o criticada a muerte. Entonces, les vale mejor la burla.

El funcionario, fornido por no decir otro calificativo, se expresó con orgullo sobre la sobreproducción de croquetas que respecto al año previo se alcanzó, que significa un “logro en la estrategia de lograr la independencia en la alimentación del pueblo”.

Ya se sabe, la croqueta es lo que nos va a salvar en estos tiempos en que el hambre aprieta y el bolsillo sí puede subsanarla, al menos el individual, pero eso es otra historia. Podemos remontarnos a tiempos en los que la escasez no llegaba ni a la suela de la que se está viviendo ahora, en los que la croqueta de «carne» iba emergiendo como delicatessen por toda la capital y quién sabe más allá del límite citadino.

El caminante, luego de un extenuante día en todos los sentidos y abarcando todas las esferas, llegaba a un timbiriche, cafetería, puesto de pan con frita, o lo que sea y, cual ahogado a socorrista, pide una croqueta como si se le fuera la vida en ello. Puede que muchos vean la exageración en el recurso, pero demasiados otros se identificarán con él.

El temporal del llamado Período Especial fue la prueba de fuego para la gastronomía que, con todo y el tiempo, no languidecieron por la escasez. Aquí se inventa o se muere. Los quesos más artesanales (como que los hacían en la parte de atrás de la cafetería con el cumplimiento de las medidas higiénico-sanitarias de un McDonalds, o eran condones derretidos) y las salsas más caseras (este será el único país en el que casero es una mala palabra, pues significa que aquella mezcla tenía de todo menos tomate) hacían de una pizza napolitana un verdadero ejemplo de reinvención gastronómica en tiempos de paz, o de guerra, o de lo que se pudiera llamar a aquello.

Y qué decir de la croqueta, esa masa salada indescifrable que, medio achicharrada para no notar los sutiles sabores de lo que sea que metieron a moler, es capaz de saciar el hambre y hasta hacer que el comensal pida más, que se regocije en el hecho de no conocer lo más mínimo la argamasa casi esotérica lo que engulle.

La gran Nitza Villapol nos preparó bien: mostró en televisión cómo preparar croquetas con chícharos y con jamó ibérico, para todos los gustos y los poderes adquisitivos.

Ahora, las estadísticas del ministro enseñan la proporción de carnes y otros productos que entran a formar parte de la neocroqueta, siempre a la disposición del hambriento y denigrada por ello. Llegó también al exilio: la croqueta entra en la lista de ofertas del timbiriche de Miami y en el menú de tapas del restaurante cubano en España, por lo que es evidente que no se trata de necesidad, sino de pura tradición cultural y culinaria perecedera.

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