Cada vez es menor la parte de La Habana que parece la capital de un país y todo va pareciendo “periferia”

La capital de un país debería ser símbolo de la bonanza y el bienestar de todo un país, pero, realidad, signos así en La Habana solo quedan en algunos barrios, los más lujosos, como Miramar, Vedado y Nuevo Vedado, o los que todavía tienen esa magia que, aunque deteriorada y mutada, aún brilla en los detalles de las casas coloniales y republicanas de la Habana Vieja y Centro Habana. La verdad es que visitar o residir en el resto de los municipios es semejante a vivir en una ruralidad casi plena.

A menudo se divisan carretones halados por caballos y muchas bicicletas chinas, patios y jardines cercados con lo que se encuentre, con platanales y huertos acompañados por pequeñas aves de corral, frágiles casas de tablas de madera, cochiqueras con cerdos, arruinados parquecitos infantiles, aceras destruidas (cuando hay), calles cual zona de guerra, y no olvidarse de que, entre reparto y reparto, solo hay yerba. Barrios periféricos y muchos incluso marginales, repletitos de “llega y pon”.

Un cinturón de estos asentamientos rodea la periferia capitalina, Indaya, Cambute, Guncuní, Los Mangos y otros barrios marginales, o “barrios insalubres”, como prefieren llamarlos los mandamases, tan dados a los eufemismos con tal de no llamar a las cosas por su nombre.

La mayoría de las opiniones populares adjudican este fenómeno a la migración de orientales, o “palestinos”, a La Habana, aquellos que dejan su vida y a su familia atrás para asegurar y luchar por un futuro en la capital de todos los cubanos. Se refieren al incesante aluvión de personas procedentes de las provincias orientales (Guantánamo, Santiago de Cuba, Granma, Las Tunas y Holguín) que emigran hacia la capital buscando mejorar sus condiciones de vida.

Sin embargo, lo único que consiguen es que los traten como criminales si no consiguen un permiso oficial de residencia, gracias al Decreto 217/97 que da el derecho a las autoridades policiales habaneras de multar, arrestar y deportar a estos a sus provinciales natales, lo que los obliga a vivir clandestinamente en las localidades más periféricas y fueras del foco de la autoridad.

Esta responsabilidad que se les atribuye a cubanos nacidos en otras provincias es una aberración nacida solo del egoísmo, elitismo y prepotencia de los capitalinos, quienes piensan que son mejores por haber nacido en la “mejor” ciudad. La verdad es que la culpa no la tiene nadie, pues, desgraciadamente, los diversos barrios y municipios más alejados del centro no llaman la atención ni reciben los privilegios que las zonas más céntricas y atractivas para el turismo, lo que lleva a los vecinos, sin importar dónde nacieron, a buscarse la vida como se pueda.


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