Dicen que 20 años no es nada, pero en Cuba es el tiempo que la mayoría de los cubanos llevan sin comer carne de res

Con 29 años, Magda está a las dos de la mañana en la calle; no porque vuelve a su casa de una juerga, sino para hacer una cola en la tienda de la esquina y poder alimentar con propiedad a sus dos hijos, luego de estar el día entero trabajando en una peluquería poniendo extensiones de pelo y arreglando uñas. Alrededor de siete personas más la acompañan en su desvelo.

Comentan que le pagan 5 CUC a un dependiente del mercado para que les alerte con tiempo cuándo llegan camiones de picadillo de pavo, hamburguesas, pollo, salchichas e hígado de pollo.

Un dependiente del mercado le vende la información de cuándo va a entrar pollo, hígado de pollo, picadillo de pavo, salchichas o hamburguesas, por un módico precio de 5 pesos convertibles (CUC). El mismo vecindario se reúne en la cola y si, por casualidad, pasa la policía, alegan que no tienen sueño o se esconden en sus respectivas casas.

Suena Lágrimas Negras por Bebo Valdés y El Cigala y se suma en silencio la noche, Hernán y otros jubilados hacen cola justo en el límite de Santo Suárez y La Víbora. Cuando termina, salen a flote los recuerdos de cuando bebían cerveza y bailaban al ritmo de Benny en la radio o la victrola con tan solo cuatro pesos.

Mientras uno de los más jóvenes comenta las pocas posibilidades que ha tenido en los últimos años de catar camarones o un bistec de palomilla, uno de los ancianos se adelanta a rebatir la suerte que ha tenido el muchacho, porque su última vez se remonta a la caída del Muro de Berlín, con la última cuota de carne de res otorgada por la libreta de abastecimiento.

Y así, los chistes salen, porque con algo se tienen que entretener, y si es con las gracias propias, mejor. Todos los presentes concuerdan en que el país necesita reformas económicas profundas y radicales, que incluyan mayores libertades para los campesinos a la hora de producir, almacenar y distribuir.

Erasmo, ex ganadero que en la actualidad vende maní molido, recuerda los tiempos en los que el Valle de Picadura, donde trabajó hace cincuenta años, sostuvo un modelo de producción ganadera muy prometedor que no terminó con mucho éxito. Ahora, la comunidad ve cómo constantemente emigran hacia la capital o fuera del país los jóvenes, única representación de un futuro para el poblado.

“Pónganse las pilas, pues si no comerán arroz pelao”, le avisa Magda a los ancianos entretenidos en lo que amanece. Con el número 82, Hernán no sabe si alcanzará a comprar, o si probará suerte en la bolita, o en la próxima cola, que, para el caso, tiene las mismas posibilidades de ganar.


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