¿Son los revendedores en Cuba oportunistas sin vergüenza o emprendedores?

Cuando se suman dos realidades: desabastecimiento y demanda, entonces surge algo mundialmente conocido: la oportunidad y con estas su gran exponente: los revendedores aprovechados. Y es que en Cuba no es algo nuevo pero si ha tomado niveles asombrosos.

Ni los inspectores ni los que tienen que ver con ellos ponen freno al desorden que se ve por toda Cuba, y que permite pregonar en portales y aceras cualquier tipo de producto, comprado en tiendas en divisas o comunes mercados en moneda nacional.

Los artículos van desde un tubo de pegamento, hasta manzanas, brillantina y hebillas para el pelo, y ni que decir del pollo, el aceite o el aseo personal, que con la pandemia se han esfumado de las tiendas.

Las colas se han convertido en un caldo de cultivo donde proliferan coleros y revendedores

Súmele, y es bueno decirlo, todo tipo de implementos para las tuberías de agua y cualquier otra cosa que usted necesite encontrar, que “vuele” o “no lo dejen salir” a la venta en las tiendas.

Desde hace varios meses es casi imposible encontrar en los mercados estatales las maltas Bucanero, las cervezas Cristal y hasta un simple jugo de manzana a veces si lo quieres debes pagarlo al doble del precio original.

Lo curioso es que casi parece ya parte de nuestra cotidianidad. Ahí están las golosinas u otros alimentos que “se mudan” por sacos de los establecimientos y, después, aparecen en carretillas de cuentapropistas que jamás elaboraron dicho producto.

“Hay mucha gente que se dedica a revender, porque esa también es la forma que tienen de conseguir dinero para cubrir sus necesidades primordiales”, comentó una mujer a nuestro blog, cuando le preguntamos fuera del mercado de Carlos III, en La Habana, sobre su parecer acerca de esta actividad.

“Ya antes del coronavirus, estábamos en Período Especial, sólo que ahora se ha recrudecido. Y el mercado negro florece en los momentos de crisis económicas. La única diferencia que yo le veo a éste respecto al de la década de los 90 es que todavía quedan gatos”, nos dijo sonriente Pedro Juan, mientras le entregaba un pomo de champú y un acondicionar a nuestra anterior entrevistada.

Algunos creen que los revendedores lucran con la necesidad ajena en el peor momento, sin pensar en las consecuencias.

Los que practican el arte de la reventa aseguran que no pretenden hacerse ricos con esto, y que además es un “trabajo sacrificado” pues tienen que pasar toda la noche y la madrugada sentados afuera de los mercados para poder cuidar su sitio en las colas.

“Yo ando con mi piquete y nos vamos rotando por las tiendas… nos repartimos como una manada. Cada uno de nosotros marca para el resto en la tienda que le tocó esa noche la guardia y así cogemos turnos todos”, nos reveló este “emprendedor”.

“Así, si solo están permitiendo comprar una cantidad limitada de cada producto pues tenemos garantizados una cantidad aceptable que después podamos revender”, dijo, confesándonos su método de “trabajo”.

No es que estemos en desacuerdo con cualquier tipo de actividad, todo lo contrario, la denunciamos porque realmente la culpa, la maldita culpa, no la tiene nadie.

 


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