martes, octubre 19, 2021
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¿Ser cubano y vivir en Cuba es una desgracia?

Resulta difícil pensar en cuán poco poder y derechos disfrutan los cubanos en su propia tierra, donde son obstaculizados, sancionados y discriminados en comparación con el extranjero, el que sí goza de cualquier placer y puede actuar como le venga en gana.

Desde el ámbito económico, las propias leyes cubanas benefician a los extranjeros sobre los cubanos en las regulaciones donde se les menciona, como en la ley 113 del 2012 y la ley 118, en un país donde se permite y se incita la inversión extranjera, pero donde pocas autorizaciones de libre comercio y actividad laboral se han dado.

El pueblo cubano no tiene la facultad legal para convertirse en elemento económico significativo dentro de su propio país. No se debe olvidar que fueron los mismos cubanos los que transformaron Miami en la opulenta urbe que es ahora, por lo que es obvio que este pueblo tiene la capacidad de logran bonanza si se le permitiera.

Definitivamente, la isla es un atractivo destino para extranjeros (fundamentalmente europeos) que buscan la peculiaridad de los automóviles antiguos, de la obsolescencia tecnológica y de la evidente miseria que muchos escogen llamar “color local”, pero, además, por el difuso marco legal que, a través de muchas lagunas en el sistema, permite crear pequeñas fortunas.

Las leyes cubanas colocan al extranjero como un ciudadano de primera categoría, mientras que los cubanos quedan como los de segunda o tercera, esos condenados a ser mano de obra barata durante toda su vida por su incapacidad legal de acumular prosperidad (o declararla).

La cuentapropistas se ven atiborrados con obligaciones tributarias, cuando a los foráneos se les invita a invertir en la isla y se les conceden exenciones de impuestos de más de media década.

Está absolutamente diseñado obstaculizar el emprendimiento individual de los ciudadanos, mecanismo imprescindible para cualquier intento de verdadero desarrollo económico en un país, de modo que se perpetúa el nivel de subordinación y dependencia del Gobierno

Y es que “vivir en Cuba” pesa, más que “ser cubano”, solo trayendo a colación el hecho de que un ciudadano cubano tiene que emigrar para luego volver como “cubano residente en el exterior” si quiere invertir en su tierra, lo que acentúa que la nacionalidad es un estigma en vez de un privilegio.

La negativa estatal a que la propia población participe de la economía, cuyo fin radica en arrancar de raíz el riesgo de un clase social emergente con suficiente poder económico como para convertirse en un rival político a temer, pone constantemente en peligro los avances económicos que se efectúan desde otros francos.

Por ello, con cada día se incrementa la cantidad de cubanos que persiguen otra nacionalidad porque, en efecto, sí representa un ascenso automático en la escala social y económica.

Incluso para la entrada a hoteles y otras áreas exclusivamente destinadas a ciudadanos foráneos existen regulaciones para los cubanos porque, dicen, afean el paisaje y la experiencia.

Hasta los emprendedores, calificados como un “mal necesario”, se deben someter a una economía de subsistencia, que trasciende a no permitir incentivos individuales y a convertir la isla en una lugar poco atractivo para los que tienen la mala suerte de haber nacido en él.


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