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Cubanos en aislamiento prefieren que sus barrios sigan en cuarentena para enfrentar la escasez: «Al menos así nos garantizan algo de aseo y comida»

Muchos de los residentes de la barriada de Los Sitios, en Centro Habana, han coincidido en que casi que prefieren continuar bajo cuarentena obligatoria por eventos de transmisión de COVID-19 (bajo la que se encontraban desde hace mes y medio) que tener que enfrentar de forma independiente la desastrosa crisis económica de escasez y desabastecimiento en la que se ve sumergido el país actualmente, pues, aunque sea mínimo y fuertemente regulado, el Estado les garantiza alimentos, artículos de aseo y medicamentos dentro de sus confinamientos.

Arletis Castro, una madre soltera de una niña de tres años habitante del epicentro de la complicada situación epidemiológica capitalina, comentó que todos los vecinos de la zona «amurallada» por focos de infección de coronavirus fueron provistos con módulos, las colas estaban muy bien controladas y se les podía pagar a los mensajeros para que llevaran la mercancía normada hasta el domicilio.

Castro aseguró que amigas suyas residentes en otros municipios le comentaban las extremas situaciones que tenían que sobrellevar para adquirir, por puro milagro, algo de alimento y productos de aseo, y ni hablar de los artículos no calificados como «estrictamente necesarios» (como ron y cigarros), pues las críticas circunstancias de desabastecimiento en la isla en la actualidad se están tornando más severas en cada momento. Alegó que este caos ha generado una casi total falta de urgencia por salir de la vivienda, a excepción de para hacer uno que otro trámite, «porque no hay nada» que comprar.

Castro, en su compleja posición por no ser capaz de proveerse por su cuenta, almacenó parte del aseo personal proveniente de los módulos que le asignaron para cederlo a sus amigas.

El Gobierno expendió módulos de tres tipos en este barrio habanero, un primero con 2 bandejas de pollo, 2 jabones Lux y 4 rollos de papel sanitario, un segundo con 2 paquetes de picadillo, 2 pomos de aceite, 2 jabones antibacterial Rexona y 1 frazada de piso, y un tercero con 2 bandejas de pollo, 2 tubos de pasta dental y 2 paquetes pequeños de detergente, todos con precios entre los 200 y los 300 CUP.

Bárbara Melús, otra vecina de la zona, coincidió con el criterio de Castro, pues también aseguró que prefería continuar bajo aislamiento y recibiendo módulos directamente dirigidos a su núcleo familiar que ir de cola en cola para ver qué se puede conseguir en la calle.

Melús es una jubilada de 72 años de edad que solo se puede valer de su chequera, y su testimonio indicó que la estrategia gubernamental de municipalización del comercio (solo se puede comprar en el municipio de residencia del ciudadano) no está funcionando por problemas de desabastecimiento, no por ilegalidades referentes al acaparamiento y a la reventa de productos.

Los vecinos de Los Sitios solían denunciar, poco después de ser encuarentenados, que solo podían depender del mercado negro que funcionaba en las vallas limítrofes de las áreas confinadas para abastecerse por la mala organización y suministro de artículos imprescindibles, pero ahora son ellos los que deben abastecer a zonas contiguas.

Zoraida Falgueras, otra partidaria del aislamiento, aseguró que los vecinos optaron por intercambiar los artículos de aseo acumulados por alimentos que no se expendían dentro de los módulos: carne de puerco, puré de tomate, huevos y leche, principalmente.

La anciana se resignó alegando que, pese a estar encerrada dentro de medio kilómetro cuadrado, estaba mejor allá adentro que sufriendo las desgracias de La Habana de más allá de sus fronteras, la que alberga millones de posibilidades para el contagio del coronavirus, agentes de las fuerzas del orden buscando endosar una multa o cualquier otro tipo de sanción injusta, impagable e inoportuna, y precios por las nubes.

Ya las kilométricas colas no se dan solo por útiles necesarios, sino por ron y cigarros, productos de menor demanda, pero que hasta hace poco eran el día a día del cubano y un elemento autóctono de nuestra idiosincrasia, y que ahora se venden de forma regulada (con límite de adquisición por persona).

Pedro Manuel Vispo narró que vio cómo sucedían horrores en las colas que pudo divisar cuando tuvo que saltarse el límite perimetral del confinamiento para realizar una gestión bancaria, el que fue levantado en la mañana del pasado lunes.

David Serrano, un joven informático también encerrado dentro de un área de 10 manzanas de movilidad, describió la posición de la mayoría de sus vecinos como una «especie de síndrome de Estocolmo», pero reconoció que esta actitud se justifica con el hecho de que muchos de ellos son adultos mayores y ya no tienen edad para «lucharla» como el resto de los cubanos.

Aseveró que La Habana continúa y continuará en pésimas condiciones generales y «que el Estado no logra acertar con una sola estrategia nacional».

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