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Tiendas en MLC, el bandidaje que llena los bolsillos en Cuba del mercado negro

Si algo es seguro en Cuba es que a las tiendas que operan en Moneda Libremente Convertible (MLC) se debe llegar lo más temprano posible, porque las colas, las ineficiencias, el descanso para comer, los problemas de conexión, etc, pueden demorar la espera para entrar al establecimiento hasta unas 12 o 13 horas, además de que la mejor (o la más aceptable) mercancía se puede acabar hasta antes de las 10 de la mañana.

En provincias como La Habana, donde hay estipulado una restricción de movimiento popular nocturno como medida para enfrentar la situación epidemiológica por el coronavirus, es común infringir la ley con tal de llegar lo antes posible a marcar en la cola para alcanzar a turno (repartidos a las 9 de la mañana). Las colas en las tiendas MLC se suelen hacer alejadas del establecimiento para evitar conflictos y aglomeraciones en la entrada del local (o, tal vez, para que la población que espera su turno para entrar disciplinadamente en la cola no pueda presenciar los sobornos y favoritismos).

En esas larguísimas esperas, uno no puede evitar escuchar y llevarse un aproximado de cuáles son los productos más demandados allí, y, en realidad, uno va totalmente a ciegas a esos sitios porque no se entera de las ofertas del día hasta estar dentro del establecimiento, con excepción de alguna que otra tienda cuyos dependientes salen a las 9 a enumerar el suministro con el que cuentan.

Muchos en las esperas siempre comentan el gran contraste que se puede observar entre los comercios del aristocrático Miramar (la zona con el mayor número de tiendas, en comparación con gigantescos municipios de La Habana que apenas cuentan con una o dos) con los de otros barrios y municipios periféricos, que apenas son surtidos.

A las 9 de la mañana se reparten los turnos de entrada de la primera vuelta, unos 200 por lo usual y, normalmente, entregados por oficiales de policía. Los pobres que deben alcanzar turno en segunda vuelta les tocan muchas horas más de espera.

Las entradas a la tiendas está tan fuertemente custodiadas que suelen verse discusiones de los oficiales con personas que tratan de pasar gracias a la cola especial, reservada para discapacitados, embarazadas y vulnerables, pero la entrada aún así es tan rigurosa que las personas mayores deben tener más de 65 años de edad y una carta con el cuño y la firma del trabajador social de su comunidad.

Pasado el marcador del mediodía, no es siquiera seguro que se pueda entrar, pero son mayores las posibilidades. Las tiendas parecen hormigueros de gente decepcionada yendo de departamento en departamento para darse con la dura realidad de que probablemente no encontrarán lo que están buscando. Cerveza, queso, y hasta ollas arroceras están en lo alto de la demanda en estos momentos, y todos brillan por su ausencia. También falta oferta de latas de pescado u otros cárnicos. De vez en cuando, con mucha suerte, se puede salir de la instalación con un paquete de café, detergente en polvo y algunos paquetes de frijoles; todo de las mejores marcas, es decir, carísimo.

Luego llega el pago, una experiencia irrisoria al tener que entregar una tarjeta magnética cuyo saldo es en dólares, pero que dicho dinero no se puede extraer para su circulación en efectivo ni se puede cambiar en los bancos porque, técnicamente, la moneda es un invento cubano para recaudar divisas tangibles y sobrellevar la crisis.

No es un secreto que, en ocasiones, los cajeros se buscan complementos a sus salarios «inventando» con los recibos, como el caso en específico de un hombre que compró tres paquetes de detergente, y al revisar el comprobante de camino a la salida, notó que la cajera le había descontado de su saldo cinco paquetes. Ella, descaradamente, le dijo que no podía devolverle el saldo porque ya había salido del establecimiento, por lo que el cliente fue a buscar al gerente a gritos.

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