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Una cola en Cuba: entre la necesidad de comer y el riesgo de contagiarse con la COVID-19

El tema colas en Cuba desde hace muchísimos años es algo recurrente, el cual en el contexto de la pandemia se ha visto acrecentado hacia límites inimaginables. Este escenario a traído un significativo aumento de este fenómeno y otros como el acaparamiento y la escasez. Fenómenos que muchas veces son vistos de manera negativa pero que hoy en día y cada vez más forman parte de la vida del cubano común que se ve obligado a recurrir a ellos como única opción para garantizar el alimento en la mesa.

Ya es hasta algo común el tener que dedicar un día entero para salir a hacer colas y “luchar” algo de comida o aseo. Al acercarse una cola son muchas las historias que se recogen de personas que, desde horas de la madrugada, y a expensas de ser multadas, salen para la calle con el fin de marcar entre los primeros dentro de una cola y no correr el riesgo de no alcanzar un producto, que muchas veces ni siquiera saben cuál será.

Dentro del panorama pueden encontrarse todo tipo de personas, desde jóvenes hasta ancianos y desde coleros (personas que se dedican a hacer colas para revender los productos) hasta profesionales de la salud. Casi siempre es muy común ver a las personas en pequeños grupos con el objetivo de alcanzar más productos para el hogar, grupos que a medida que va pasando el tiempo suelen crecerse en número y que incluso suelen turnarse entre sus integrantes para realizar bojeos por otras tiendas y hasta hacer dos colas a la vez.

Uno de los momentos más épicos tiene lugar cuando comienza a repartirse los tickets o recogerse las libretas, en dependencia del funcionamiento del establecimiento, ahí comienza la batalla campal donde comienzan los tumultos y suelen escucharse todo tipo de quejidos que van desde de personas molestas por la aglomeración a policías amenazando con multar a los que no respeten el distanciamiento, todo esto en un contexto donde quedar fuera puede significar irse con las manos vacías a casa.

Comienza la venta, las cantidades son pocas por lo que se limitan a un número específico por persona; todos rezan porque alcance hasta ellos. En el caso de las tiendas generalmente se regula hasta un paquete de pollo por comprador y en los mercados que ofertan módulos, los cuales traen un pequeño surtido de productos, igualmente uno per cápita.

Termina la función, se acaban los productos. Algunos se marchan con las manos “llenas” y los ojos sobre ellos, preguntándose si habrá valido la pena el esfuerzo y el riesgo, otros cabizbajos llenos de desilusión tras haber perdido un día en vano expuestos al virus y preguntándose que pondrán sobre sus mesas a la hora de la comida. Triste realidad esta que, para muchos cubanos de a pie se hace parte de su día a día y le hace cuestionarse a cada minuto en que momento vivir se volvió tan difícil.

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