jueves, enero 27, 2022
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El Cochinito, una experiencia «terrible» en La Habana

El céntrico restaurante habanero El Cochinito constituye una de las opciones gastronómicas que se han reactivado en el último mes en la capital cubana como parte del proceso de tránsito hacia una nueva «normalidad» en el país, tras meses de severas restricciones como consecuencia del agravamiento de la pandemia del coronavirus.

Desgraciadamente, este restaurante no ha dejado más que muy malas críticas y subidas de presión en sus comensales, los que han contado sobre sus malas experiencias en el local.

El Cochinito, operando con la nueva modalidad de estadía con reserva de 24 horas de antelación (presencial o telefónica), ha perdido toda la calidad de servicio que hace unos años ostentaba, cuando era una concurrida opción gastronómica en la misma avenida 23, en el corazón de El Vedado.

Una fuente que recientemente almorzó allí indicó que el mal presagio de la velada lo dieron las 20 llamadas telefónicas realizadas desde el día anterior para concretar una reservación para almorzar, pues nadie atendía al teléfono.

El testimonio alegaba que al llegar, los trabajadores del restaurante estatal terminaban su reunión casi vespertina y solo se observaba una modesta cola de personas esperando para comprar comida rápida para llevar en la cafetería exterior, proceso que se demoraba porque el dependiente iba y venía de la cocina (a unos 30 o 40 metros del área de venta) cada vez que un cliente hacía un pedido.

El servicio en el comedor se distribuye entre el salón más pequeño y escondido del fondo, otro más abierto y fresco, y otro al aire libre alrededor del frondoso árbol del jardín. Sin embargo, esta última área estaba cerrada al público, pese a tener mayor cantidad de mesas, disponer de las condiciones para evitar el contagio con COVID-19, y gozar de buen clima esa tarde.

La muchacha que atendía la lista de reservas no encontraba casi ningún nombre de los que esperaban para entrar al restaurante, pues, según ella misma confesó, es común que muchos nombres se pierdan en el traspaso de reservas.

Avergonzada, la empleada apuntó el nombre de los presentes y los dejó pasar. Al sentarse, el confidente notó la poca variedad y calidad de la oferta, con precios tan altos como los de un restaurante privado de estrellas Michelín.

El trato de las meseras fue muy cordial y profesional, pero la calidad del servicio era muy deficiente.

Pese a que en el salón donde se sentaron sonaba una lista de reproducción de muy buen gusto y con los decibeles apropiados para su disfrute, el molesto ruido que provenía de un taladro neumático estropeaba el ambiente.

La carta estaba muy mal confeccionada, omitía información y la organización era ilógica: no incluía los gramajes de los productos, lo que obligaba a los clientes a preguntar por el tamaño de las raciones y, por consiguiente, a las camareras a señalizar una aproximación.

Después de media hora de espera tras hacer el pedido, fue servido el entrante «picadera Cochinito» de 70 Pesos Cubanos (CUP) de precio, compuesto por 3 desabridas croquetas (las que, ya fritas, quedaron polvoreadas con sal), 2 bolitas de queso rancio y 2 trocitos de chorizo.

La única oferta analcohólica en la carta era la limonada frappé (elaborada evidentemente con refresco instantáneo), y aparte de eso solo había cerveza dispensada (de mediana calidad) a 25 CUP la copa, la que se servía con demasiada espuma para aparentar que llevaba mucho más líquido.

La cerveza Cristal de botella y el refresco de naranja gaseado estaban calientes. El rejo de langosta grillé o enchilado por 100 CUP llamaba la atención entre los platos fuertes, elaboración hecha con las carnes de las cabeza, patas y antenas de estos crustáceos.

El cerdo venía en 5 tipos de elaboraciones, las que estaban muy mal preparadas, pues las masas fritas (a 165 CUP la ración) estaban duras y sin sabor, y la costilla de cerdo asada (a 120 CUP) estaba acompañada por una salsa «barbacoa» fría y con grumos.

Las raciones de guarnición eran pobres en variedad, cantidad y calidad. No había saleros ni azucareros y sí un par de angarillas, las que se guardaban con recelo.

La única opción de postre era mermelada (en conserva) con queso (el mismo de las bolitas del entrante).

Encima, no había café, algo que en Cuba se toma casi como un insulto.

Pese a la poco placentera velada, la cuenta para 2 personas terminó oscilando entre los 700 y los 1.000 CUP. Ambos comensales presentaron una moderada indigestión más tarde.


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