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Jugadores de béisbol cubanos no escapan para cumplir su sueño, sino para sobrevivir

«Uno siempre aspira a algo mejor… Tenía que mejorar económicamente», se justifica al otro lado del teléfono Yandy Yanes. Nacido en Camagüey hace 23 años, el joven es uno de los doce jugadores de béisbol que han desertado de Cuba en el último mes, aprovechando su participación en el Mundial Sub-23 que se celebraba en México.

El éxodo de este tipo de deportistas es una constante desde hace más de 30 años. Sin embargo, estamos ante una desbandada sin precedentes. No en vano, estas doce fugas dejan a la selección con la mitad de sus jugadores. «No existe un deporte ni un país con tanto éxodo como éste», advierte a Libertad Digital Francys Romero, periodista cubano hoy exiliado en Miami y autor de El sueño y la realidad, un libro que recoge todas las historias de la emigración del béisbol de su país desde 1960.

Los orígenes del éxodo

Aquel año, el régimen de Fidel Castro acabó con la liga profesional, lo que provocó que muchos jugadores comenzaran a buscarse la vida en EEUU y otros países. «El tema de los abandonos, que es por lo que usted me pregunta, comenzó mucho tiempo después, en 1991», explica Romero.

Aprovechando una escala en Miami, René Arocha decidió desertar en busca de nuevos horizontes y, sin pretenderlo, su huida marcó el camino de tantos otros que deseaban escapar del infierno en el que su querida Cuba se había ido convirtiendo. «No me fui para jugar en Grandes Ligas. Me fui porque quería ser libre», explica el lanzador cada vez que alguien le pregunta por aquel episodio.

Triunfar no es lo importante

Y lo cierto es que, aunque cada jugador tiene su propia historia, ése es precisamente el nexo de todos cuantos deciden dar este paso. «No ven un futuro ni deportivo ni de vida estando en Cuba – sentencia el autor de El sueño y la realidad-. Muchos de ellos son conscientes de que no van a llegar lejos y de que, probablemente, ni siquiera conseguirán firmar un contrato profesional, pero les da igual: no lo hacen por cumplir su sueño, sino para sobrevivir».

A pesar de que el régimen ha tratado -y tratará- de explicar lo sucedido por la presión de los cazatalentos, Romero insiste en que el propio perfil de los desertores desmonta las excusas oficiales y corrobora su explicación. «Muchos no tenían contacto con buscadores de talento, básicamente porque la mayoría no tienen talento para llegar a Grandes Ligas. De los doce jugadores de los que estamos hablando, ni siquiera la mitad, unos cuatro o cinco, tienen potencial para lograr un contrato profesional», apunta el periodista.

Así huyeron los jugadores

En la mayor parte de los casos, quienes les ayudan no son profesionales, sino amigos o familiares con los que se ponen en contacto fácilmente a través de las redes sociales: «Antes no tenían celulares, no había Internet y no tenían comunicación con el exterior, pero ahora con dos o tres mensajes pueden acordar con alguien cómo escapar de un hotel».

De los 12 jugadores que desertaron entre el pasado 21 de septiembre y el 3 de octubre, uno lo hizo en el mismo aeropuerto del Distrito Federal de México, donde simplemente se desvaneció entre la multitud. El resto, lo hicieron en las inmediaciones del hotel Quality Inn de Obregón, el Estadio Yaquis y el hotel de Hermosillo Inn, donde distintos coches les esperaban para ayudarles a cumplir su propósito.

El futuro de los desertores

A pesar de que este periódico ha tratado de ponerse en contacto con todos ellos, ninguno ha querido hablar. Tan sólo Yanes responde a nuestras preguntas, pero mide cada una de sus palabras y trata de restar importancia a lo sucedido, como si despedirse de todo cuanto uno tiene -incluidos padres y esposa- y huir en medio de una competición internacional no fuera tan trascendente como para merecer una explicación.

«Cuando uno abandona, los primeros meses son muy complicados. Tienen miedo y no quieren hablar mucho», les excusa Romero. En contra de lo que uno pueda pensar, lo más difícil para estos jugadores no es huir, sino lo que está por llegar. Para empezar, necesitan que alguien les ayude económicamente durante, al menos, el primer año: «Algunos intentarán quedarse en México y, para eso, tienen que pedir una documentación nueva, lo que puede tardar hasta 18 meses. Otros pedirán asilo político en EEUU, donde intentarán relanzar su carrera, pero eso tampoco es nada fácil».

El periodista está convencido de que habrá jugadores que intenten matricularse en la universidad para tratar de aprovecharse de las famosas becas deportivas que caracterizan el sistema educativo norteamericano. Sin embargo, recuerda que el número de deportistas que seleccionan es muy limitado, por lo que «es probable que para muchos su carrera haya terminado en el Mundial Sub-23».

La «violencia» del régimen

Aun así, todos ellos están dispuestos a asumir el riesgo. Y para entenderlo, según Romero, es imprescindible asumir la delicada situación que se vive en Cuba. «Hace diez años la cosa también estaba difícil, pero no al extremo que ha llegado ahora», advierte. Junto a los problemas económicos, el periodista asegura que «hay mucha violencia, y no sólo física, también psicológica».

Su testimonio no viene sino a corroborar el diagnóstico de los impulsores de la nueva manifestación que recorrerá Cuba el próximo 15 de noviembre y que advierten de que «el régimen está acabado, pero es más violento que nunca». Precisamente por eso, Romero, cuya propia historia también es una historia de emigración, asegura que, si alguna vez regresa a su país, sólo será de visita.

En busca de la libertad

El periodista llegó a Miami hace cinco años para participar en un congreso de estudios latinoamericanos: «Llevé mi libro como proyecto y decidí quedarme y no regresar a Cuba». En 2020, logró que una editorial mexicana se lo publicase. De haberse quedado en la isla, hubiera sido impensable, porque allí «todo lo relacionado con el éxodo es un tema prohibido».

Sin embargo, la trascendencia de esa publicación va más allá de cumplir su sueño como escritor, porque si algo ha conseguido Romero al abandonar su Cuba natal es precisamente esa libertad que sus compatriotas anhelan. «La libertad que tengo ahora mismo no existe en Cuba. Allí no hubiera podido vivir de mi oficio, ni hubiera podido publicar un libro sobre emigrados, porque todo está regido por una pancarta política», lamenta. De hecho, sus padres -que siguen viviendo en la isla- no han podido leer la obra de la que Romero se siente profundamente orgulloso.

Hoy, su vida ha cambiado sustancialmente. «Cuando yo me gradué, un periodista cobraba en Cuba alrededor de 30 dólares mensuales. En estas páginas alternativas en las que ahora colaboro, uno gana por un trabajo el mismo salario que allí se cobra en un mes», explica a LD. Y no sólo es una cuestión económica: «Las diferencias profesionales también son abrumadoras, porque si trabajas para los órganos del régimen tienes que acogerte a sus parámetros editoriales».

Como tantos otros, el periodista sigue soñando con el cambio. Se resiste a darlo por perdido. Y, aunque de sus palabras se desprende cierta desilusión, confía en que esta deserción masiva de deportistas sirva para que el mundo entero tome consciencia de la desesperación del pueblo cubano: «Emigrar ha pasado de ser una opción a ser una obligación si quieres ser libre».


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