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La inflación en Cuba es peor de lo que imaginamos, y la especulación con los precios se siente en el bolsillo del cubano de a pie

Y enero vino a acentuarlo todo, a “desordenarlo” con cierta previsión, pues siempre se dijo que habría inflación en Cuba. Sin embargo, la realidad ha sobrepasado por muuuuucho el cálculo inicial y aquí estamos, en noviembre, casi al punto del explote por ambos flancos; por el informal y por el formal. Dos mercados estrechamente retroalimentados, aunque las cifras inflacionarias se diferencien. El informal, con un 6 900 por ciento; el estatal, con un 60 por ciento.

Una diferencia que dice poco, si coincidimos en que casi nadie puede vivir de espaldas a esa dualidad de mercados y en la práctica padecemos dos inflaciones en un único bolsillo. Por eso, que el mercado mayorista se comporte según las predicciones, podría influir en la economía macro que luego se revierte, indirecta, en salarios, presupuestos al Estado y beneficios; pero nuestra forma directa de medirla es en el traspaso de los servicios y productos que brinda al cliente. Y en ese traslado de números parece que hay algo perdido.

Lo digo pensando en que una ración de arroz blanco en el restaurante Don Ávila, de Palmares, cuesta 70.00 pesos. Repito, 70.00 pesos y, ni aclarando su administrador que es de 240 gramos, el precio parece razonable.

Incluso, si la entidad se viera obligada a comprarle a la importadora del Turismo (ITH) los insumos con su respectivo componente en MLC, o pagara el 100 por ciento del arroz en MLC a los campesinos de la agricultura cubana, aun así no parece, a simple vista, un precio lógico. Pero digamos más: si vamos a la tienda que oferta arroz en MLC, compramos el MLC a 80.00 pesos (que por ahí anda su venta ilícita) y dividimos la libra a la mitad (230 gramos) veremos que tampoco es fundamentado el precio del menú. Y todo ello suponiendo que Palmares lo pagara al precio minorista e informal, y no al mayorista y oficial con que opera.

Este arroz se vende en El Trópico. Aun si en Don Ávila lo compraran ahí, su conversión tampoco justificaría el precio de una ración

No obstante, más inconcebible que el arroz es el cálculo del aguacate. Una ración de 130 gramos cuesta 70.00 pesos. Si traducimos eso en peso, que fue lo que hizo Invasor, observamos que un aguacate mediano, de los que en la calle nos cuesta 25.00 pesos, a todo reventar, nos alcanza para tres raciones. O sea, en el carretón. 25.00 pesos, en el plato de Palmares 210.00; se multiplica más de ocho veces. ¿Y si decimos que ese aguacate vino de Tailandia y que ITH se gastó en importarlo…? No, eso no podemos ni suponerlo. No hay hipótesis surrealistas para la ensalada de Don Ávila o de La Fonda

Pero vayamos al Parque de la Ciudad a comernos una naranja, sólo una, en el quiosco de La Roca, que pertenece a un restaurante que ahora es Unidad Empresarial de Base. Esa entidad ya puede, por tanto, comprarle directo a los productores, no tiene que esperar que la Gastronomía le ponga comida a su tarjeta de estiba.

Pues allí una naranja le cuesta 7.00 pesos. Y si va hasta el mercado de Ortiz, donde ya se vende con un margen de ganancia, con 9.00 pesos, que es el precio de una libra, se come cinco. Fueron pesadas para Invasor y sacamos cuenta de bodeguero. En el mercado, la naranja sale a unos 2.00 pesos, en La Roca se la pelan y pagas 7.00. Cinco pesos de “valor agregado”. Sin dudas, se podría vivir de pelar naranjas… y bolsillos.

Son naranjas dulces, pero el precio que alcanzan, una vez peladas, le agrian el bolsillo a cualquiera

Sigamos hasta el Bulevar, y en la tienda La Americana preguntemos por el precio de un juego de comedor, hecho con gusto y marabú. Luego aprovechemos que también se puede adquirir a crédito y pongámosle por ello un poquitico más que los 23 430.00 pesos que cuesta. Si nos parece demasiado, siempre está la opción de adquirir una silla, una sola, que vale 5 858. 00. Tiene una parte tejida de hebras plásticas. (Lo escribo porque infiero que con ese detalle se justifique su costo, ¿o no?)

Los ejemplos pudieran colmar páginas y páginas de diarios e ilustrar diferentes cadenas, formas de gestión o tipos de productos… Al final la muestra, por muy diversa que parezca, apunta hacia una inflación que no se sustenta únicamente en la devaluación de la moneda o el exceso de billetes.

Parece estar confundiéndose inflación con especulación; imponiendo altos precios para sostener, quizás, una plantilla inflada o la ineficiencia de una mala gestión. De paso, podrían estarse generando utilidades que salen del estrago al bolsillo ajeno y no de la producción de nuevos bienes o de la prestación de servicios de calidad. Incluso, en la filosofía del revendedor se tiene que vender caro, al ser caro lo que luego se comprará; y así desatan una inflación premeditada, donde unos van ganando porque la mayoría está perdiendo.


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