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Yunior García dice que no regresará de momento a Cuba, pues hacerlo «sería un suicidio» y terminaría cumpliendo 30 años de prisión

Los primeros días de Yunior García en España, adonde llegó el 17 de noviembre, transcurrieron en un trajín de entrevistas con la prensa y de puertas que se abrieron ante este dramaturgo convertido en voz de la oposición cubana.

García habló —recuerda— “con un centenar de medios”, se reunió con diputados y con el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares. Solo unos días antes, el disidente había sido fotografiado en la ventana de su casa en el barrio habanero de La Coronela mientras, desde la calle, una turba le increpaba por haber convocado la frustrada Marcha por el Cambio del 15 de noviembre.

Según confesó, la presión del Gobierno precipitó su decisión de partir al destierro con un visado de turista de 90 días concedido por España. Ya en Madrid, cuando los focos de los medios se apagaron, él y su esposa, Dayana Prieto, se quedaron solos, con una maleta y 220 euros en el bolsillo.

A Yunior García no le pesa el silencio que ha rodeado su vida desde entonces. En la plaza de Nelson Mandela del barrio madrileño de Lavapiés, en el que ahora vive, cita a Martí: “En lo político, lo real es lo que no se ve” para describir el trabajo “discreto” que sostiene ha seguido desempeñando por la democracia en Cuba, el mismo anhelo que llevó a la plataforma que fundó, Archipiélago, a pedir a los cubanos que salieran a la calle el 15 de noviembre. La Marcha por el Cambio, prohibida por las autoridades, tenía también como fin reclamar la liberación de los presos políticos, muchos de ellos detenidos tras las manifestaciones que empezaron el 11 de julio en Cuba, las mayores que ha vivido la isla desde los años 90.

Esa solicitud de asilo político que al llegar a España descartaba se plantea ahora para él y su mujer casi como la única vía, y ya ha asumido que su retorno “no será inmediato”. En su ánimo tiene presente “la amenaza que formularon en verano dos fiscales de La Habana”: 27 años de prisión en una cárcel ya decidida, en el Combinado del Este.

“Tras mi llegada a Madrid, me han cerrado mi grupo de teatro en Cuba y han despedido a los actores. Mis obras están prohibidas. El caso contra mí sigue abierto. Tienen excusas para, en cuanto ponga un pie en el aeropuerto de La Habana, llevarme a la cárcel por 27 o 30 años, como han hecho con otros manifestantes. Regresar ahora no es una posibilidad real. Sería un suicidio”, asegura.

García se ha instalado con su mujer en un piso pequeño de Lavapiés, un lugar que le recuerda a Centro Habana, un barrio de la capital de Cuba. “Los domingos, los negros sacan los tambores y los tocan. Eso me recuerda a mi tierra”, dice en alusión a los numerosos africanos que viven en el céntrico vecindario madrileño.

Su “vida austera” en España, por la que se siente “agradecido”, ha sido “más llevadera por el calor de la comunidad cubana”, que les ha ayudado, “no solo con su apoyo emocional, sino también con dinero para pagar el alquiler y con ropa para pasar el invierno”. Este apoyo de exiliados cubanos en Europa y Estados Unidos le ha proporcionado un capital “suficiente para dos o tres meses” con el que pagar su apartamento, comer y vestirse. Ahora toca “buscar un trabajo de lo que sea para ganarnos el pan honradamente”, subraya.

“Hay detalles de mi vida privada que no puedo desvelar, como mi dirección”, recalca el fundador de Archipiélago. García teme por su seguridad: “Corremos cierto peligro. Somos una preocupación para la dictadura, que tiene tentáculos en todas partes. Incluso hay programas en televisión que han emitido imágenes de nuestra vida en España”.

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