InicioCuba Curiosa¿Podemos ser felices los cubanos dentro de Cuba?

¿Podemos ser felices los cubanos dentro de Cuba?

Existen muchas cosas que pueden hacer feliz a una persona. Contemplar la luna llena. Celebrar un encuentro entre amigos. Leer un buen libro. Ver un partido de fútbol. Pasar tiempo junto a la familia. Sentarse en el malecón con una guitarra, medio litro de ron, y desgranar el temario musical de Joaquín Sabina o Pablo Milanés. Algunos se contentan con visitar el cine o el teatro los fines de semana. Conversar con su pareja en un parque o caminar por el barrio que los vio nacer. La felicidad es un estado de ánimo muy poco exigente.

Todos hemos sido felices alguna vez. Aunque toda tu vida te hayas levantado en un país en el todo conspira para amargarte la existencia.

A continuación, ponemos un ejemplo de como las carencias materiales pueden hacer infeliz a un matrimonio en la capital cubana.

Hoy deberán cargar una docena de cubos desde agua desde la cisterna porque el motor del edificio está roto. Además, en una de las tareas de mantenimiento al tendido eléctrico de la zona se afectó un poste y no tendrán corriente desde las 9 de la mañana hasta las tres de la tarde aproximadamente.

El desayuno fue un café solamente, en caso que llamemos café al sucedáneo ligado con chícharos. Las circunstancias adversas en Cuba, le han añadido al matrimonio una dosis de bilis a su hígado.

La meta del fin de semana era llevar a los niños al parque de diversiones. Dos horas en una parada, luego un combate cuerpo a cuerpo dentro de ómnibus que, desbordaba malos olores y protestas de las personas que viajaban incómodas y apretadas.

En momentos como ese muchos cubanos les quieren mandar saludos a los progenitores de los gobernantes. Desean coger un bote y a remo limpio mudarse a “90 y malecón”.

El odio, como la felicidad, también suele ser pasajero. Al llegar al parque de la Maestranza, con la impresionante vista del Morro, y a pesar de las colas y el sol, los niños vuelven a estar alegres.

Cuando mejor estás pasando el día el cielo comienza a ponerse oscuro y al cabo de unos minutos rompe un aguacero de espanto. A correr, la sombrilla tiene algunas varillas sueltas y todos llegan empapados, pero felices, a un café por moneda dura. Los niños miran la estantería con los ojos que se les quieren salir, pues hay potes de helado de chocolate.

“No hay dinero. No alcanza ni para comprar un paquete de M&M”, dice el padre en todo bastante frustrado.

Quisiera que la tierra se abriera bajo sus pies. Se siente mal por su poca solvencia y detesta que el gobierno tenga funcionando más de una moneda: una para comprar en las bodegas y  agromercados; otra para comprar pollo y algunos alimentos en las tiendas y la última para tener acceso a las nuevas tiendas en MLC.

Cuando llega la noche se sientan a la mesa a disfrutar de una comida más o menos decente. El día antes pudieron coger el pollo en la carnicería.

Al llegar el momento de irse a la cama, el matrimonio se hace una pregunta: ¿Somos felices en Cuba? Debaten y llegan a la conclusión que no lo son. A ellos les gustaría otro modo de vida y sueñan con ello.

¿Cuándo podríamos cambiar los muebles que están en la sala desde el tiempo de los abuelos? ¿Cuándo podríamos reparar la casa? ¿Comprarnos un televisor de 42 pulgadas? ¿Ver los canales de afuera? ¿Tener una computadora? ¿Poder comer, ahora mismo, lo que tengamos deseos, y no tener que lidiar con las repugnantes croquetas de claria?

Quizás sea mucho pedir. Por tanto, el futuro de ellos y de sus hijos es marcharse de Cuba. Están seguro que podrían ser muchos más felices fuera de la Isla. El actor británico Charles Chaplin dijo una vez que “la verdadera felicidad es lo más cercano a la tristeza”. Quizás de eso se trata.

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