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Recorrer tiendas y boutiques es considerado un día de diversión para muchas familias en La Habana

Socialismo a la cañona para los cubanos que vive de un salario estatal, mientras el capitalismo se exhibe a precios inalcanzables en las vidrieras de los hoteles de cinco estrellas y boutiques que venden ropa y accesorios a precios de Dubai.

“Hay que remar con lo que hay”, dice Manuel, quien repara bolsos, sombrillas y cuanta cosa caiga en sus manos. En un minúsculo apartamento reside junto a su esposa, sus tres hijos y su suegra. Las opciones recreativas que tiene en Alamar las puede contar con los dedos de una mano.

“Un centro cultural en la antigua fábrica de guayaberas, unos parquecitos infantiles que no tienen casi aparatos y dos zonas WiFi. Aquí no hay hoteles famosos, centros comerciales ni paladares sonadas. Cuando las personas quieren coger un aire, tienen que fajarse con un P-11 y desplazarse a La Habana o el Vedado. Si tienes dinero puedes pagar un cuc a un almendrón y así no ir como una sardina en lata en la guagua”, cuenta.

Para las salidas a La Habana suelen cargar con sus respectivos pepinos (pomos plásticos) con agua en una mochila. De esta forma se evitan tener que comprarla en CUC en las tiendas o en su defecto en las cafeterías particulares que la venden mucho más cara.

Con un calor insoportable, él y su mujer esperan en la parada por un ómnibus urbano que los lleve hasta el Parque Central, para de allí, como muchos otros habaneros, recorrer hoteles y tiendas como si se tratasen de un museo.

No son pocos a los que se le botan los ojos al ver los descomunales precios de las tiendas de los hoteles. Por ello, se limitan a soñar con tener algún día poder lucir una camiseta Gucci o un reloj suizo. El plato fuerte de las salidas consiste en tomarse una “selfie” junto a los productos que quizás nunca puedan tener en sus vidas.

La inocencia de los niños que recorren junto a sus padres estas tiendas no alcanza a comprender la magnitud del asunto. Por ello, algunos incluso juegan al comparar los precios de los artículos en venta. ““Mira papá, ésta cuesta 24 mil CUC, mira mamá, este vestido cuesta mil fulas”.”

Tras recorrer la galería de tiendas y echarle un vistazo al lobby del Kempinski desde el portal, Manuel y su familia enfilan sus pasos a una cafetería estatal para hacer lo que sería una merienda-almuerzo. Allí compran panes con hamburguesa de vaya usted a saber que, a 8 pesos cada uno, refresco instantáneo con exceso de agua y unos cangrejitos de guayaba.

Como no hay mucho más que hacer con el dinero que llevan encima se dirigen a algunas boutiques de hoteles en el Vedado. Seguidamente, se dirigen a una de las nuevas tiendas en dólares para curiosear un poco, ya que no tienen familiares en el exterior que les envíen dinero para poder comprar nada en estos lugares.

Como pescado en tarima, Manuel, su esposa y sus tres hijos se quedan parados frente a un televisor de pantalla curva 4k, que se vende a una suma que ellos no quieren mirar mucho por temor a traumatizarse.

“Manuel, ¿llegará el día en que nosotros podremos comprarnos algo así?”, dice Deborah, al quedarse como loca luego de mirar las lavadoras automáticas y los refrigerados de dos puertas al estilo americano. Su marido, se limita a responder encogiendo sus hombros.

Para algunos pudiera ser una especie de masoquismo, pero hay familias habaneras que recorren las tiendas de los hoteles como una forma más de esparcimiento. Quizás para ellos no sea más que un soplo de esperanza, pero se resisten a dejar morir la ilusión de que algún día las cosas puedan ser de otra manera.