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Narcosatánicos: la historia del grupo criminal encabezado por un cubano que inició un culto sangriento en México

6 de Mayo de 1989. El #19 de la calle Río Sena, en el corazón de la capital mexicana, comenzó a ser rodeado por miembros de la Policía Judicial del entonces Distrito Federal. El desconcierto se volvió tensión cuando el sonido de disparos rompió el silencio que se había producido en la zona. Mientras los oficiales repelían la agresión, comenzaron a caer del cielo billetes y monedas que golpearon sus uniformes y patrullas. Tras horas de enfrentamiento, el silencio volvió a reinar. Había terminado la operación que daría fin a los Narcosatánicos, un peligroso grupo criminal de Tamaulipas que se hizo conocido por los sangrientos rituales que realizaban con los cuerpos de sus víctimas para ‘volverse invisibles’.

Esa tarde también moriría su líder, Adolfo de Jesús Constanzo, un exmodelo cubano cuya fe en el ocultismo lo convirtió en una infame leyenda de la escena criminal en México. Esta es su historia.

Adolfo de Jesús Constanzo: el cubano que fundó un rito satánico

Adolfo de Jesús Constanzo se inició en las prácticas ocultas desde muy joven, influenciado por su madre, quien ya había trabajado como sacerdotisa del culto Palo Mayombe en su natal Cuba. La mujer, de la que no se tienen muchos datos, también introdujo a su hijo al mundo del crimen, orillándolo a participar en robos a tiendas y asaltos a turistas en Florida.

Después de ser expulsado de la preparatoria, Constanzo se refugió en el ocultismo, haciéndose amigo de un conocido sacerdote negro. Este le ‘enseñó’ trucos de magia oscura para poder consagrarse en el incipiente negocio del narcotráfico. Sin embargo, antes tuvo que cobrar algunos favores y aprovechar su belleza para viajar a México y convertirse en modelo.

A principios de la década de los ochenta, Adolfo de Jesús llegó a la capital del país, donde comenzó a trabajar como prostituto y traficante de drogas para el Cártel del Golfo. Solo unos meses después, el hombre convenció a dos jóvenes mexicanos de sumarse a él como sus sirvientes y amantes.

Debido a su carisma y la facilidad con la que desempeñaba sus labores criminales, Adolfo de Jesús Constanzo se ganó el aprecio de los líderes narcotraficantes del norte de México, al mismo tiempo que crecía el grupo de personas a sus órdenes.

En 1985, Constanzo y sus ‘discípulos‘ se establecieron en Matamoros, Tamaulipas. Ahí siguieron trabajando como uno de los sanguinarios brazos armados del Cártel de Juan García Abrego. También comenzaron practicar ritos en donde utilizaban partes de los cuerpos de sus víctimas para realizar misas donde pedían protección y hechizos con los que podían volverse ‘invisibles’ a las autoridades que todavía no corrompían.

‘El Padrino‘, como conocieron a Adolfo, justificó bajo su fe al Palo Mayombe algunos de los actos más desagradables que grupos criminales cometieron en ese momento. Quizá el más famoso fue aquel en donde Mark Kilroy, un turista estadounidense, fue secuestrado, violado y asesinado simplemente por los deseos de Constanzo de ofrecer ‘un hombre blanco y angloparlante‘ a su culto.

Por la cercanía de la víctima con un trabajador de la Aduana estadounidense, la desaparición de Kilroy obtuvo notoriedad entre las autoridades en ambos lados de la frontera. Una noche, uno de los involucrados en los ritos de la secta fue detenido en un retén policiaco en Tamaulipas. El sujeto, cargado con armas y drogas, había decidido pasar sin frenar ante la policía del lugar pues creía que era invisible.

Tras escuchar el testimonio del sujeto, la policía acudió al Rancho Santa Elena donde había vivido Constanzo. Ahí descubrieron los restos del turista americano y su cruel destino. Según dijo el detenido, De Jesús y su equipo habían consumido parte del cerebro de Kilroy en una poción mágica que los haría invisibles. En el lugar se hallaron partes de animales y cadáveres de al menos 14 personas que también habían sido mutiladas por el grupo.

Con la información obtenida, la justicia rastreó a los ‘Narcosatánicos‘ –como les llamó la prensa– hasta un departamento en la Ciudad de México. El 9 de mayo, mientras la policía los rodeaba sin tregua alguna, Adolfo de Jesús Constanzo pidió a uno de sus seguidores que acabara con su vida. Y así fue. Con múltiples disparos, provenientes de uno de sus sirvientes, terminó la carrera criminal de uno de los líderes religiosos más sanguinarios de la historia.

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