Aunque el freno estadounidense al petróleo que sale de Venezuela todavía no se siente de manera abrupta en Cuba, una isla que ya vive en emergencia permanente, varios economistas advierten que el golpe puede ser devastador si el régimen no logra reemplazar ese suministro clave.
El economista cubano Miguel Alejandro Hayes alertó en un análisis citado por la agencia EFE que una reducción del 30 % en la disponibilidad de combustible provocaría un derrumbe económico en cadena. Según sus estimaciones, el PIB podría caer un 27 %, los precios de los alimentos subirían alrededor de un 60 %, el transporte se encarecería hasta un 75 % y el consumo de los hogares se reduciría en casi un tercio.
En palabras del propio Hayes, ese escenario sería “una catástrofe económica y humanitaria peor que el Período Especial”. Por ahora, el deterioro no se refleja de forma inmediata en las cifras oficiales, pero eso no significa que el peligro haya pasado.
Los apagones siguen en niveles similares a los de finales de 2025 y las gasolineras continúan funcionando bajo el mismo patrón de siempre: colas interminables, cierres frecuentes y prioridad absoluta para quien pueda pagar en dólares. Nada nuevo, pero tampoco ninguna mejora.
Los datos de la Unión Eléctrica confirman que el déficit de generación se ha mantenido entre el 52 % y el 60 % desde inicios de enero. Los picos recientes, según la versión oficial, responden a averías técnicas en las termoeléctricas y no a un corte directo del suministro de crudo. El problema es que en Cuba todo colapsa al mismo tiempo, y siempre hay una excusa distinta.
El golpe aún no llega, pero viene en camino
Los especialistas coinciden en que el impacto real todavía no se ha manifestado del todo, pero lo hará. Venezuela aportaba cerca del 30 % del petróleo que consume la isla, unos 27 mil barriles diarios, una cantidad que Cuba no tiene cómo sustituir a corto plazo.
Rusia y México han enviado cargamentos esporádicos, pero insuficientes. No alcanzan ni para tapar el hueco, mucho menos para sostener un sistema energético ya destruido por décadas de abandono y falta de inversión.
Sin ese crudo, los sectores agrícola, industrial y de transporte quedarían prácticamente paralizados. Son áreas que ya operan al límite, asfixiadas por la escasez de divisas, la obsolescencia tecnológica y una gestión estatal que hace tiempo dejó de funcionar.
Hayes fue claro: Cuba no tiene reservas estratégicas ni espalda financiera para aguantar un corte prolongado del petróleo venezolano. Según su advertencia, el deterioro serio no es una posibilidad lejana, sino una cuestión de tiempo.
Mientras tanto, el régimen intenta sostener una imagen de normalidad que no se corresponde con la vida diaria. Las plataformas oficiales de distribución de combustible no reflejan cambios sustanciales, pero en la calle la historia es otra. En La Habana, usuarios aseguran que la espera para poder abastecerse supera ya los dos meses.
Si el bloqueo se mantiene y Caracas no retoma los envíos, el desenlace es previsible: más apagones, más inflación, más hambre. La economía cubana, que ya caminaba al borde del precipicio, podría terminar de caer.
Como resume Hayes, sin rodeos ni consignas: la isla ya estaba mal, pero sin el petróleo venezolano, lo que viene no es crisis, es colapso.










