El rebaño al matadero mientras la élite se lleva consigo todas las ganancias

Redacción

La política de las dictaduras siempre parte del mismo error: creer que porque han entrenado a muchos para no pensar, nadie piensa. Y ahí se equivocan. Grave.

Miguel Díaz-Canel habla “en nombre del pueblo” y promete sangre ajena con una soltura que solo tiene quien nunca piensa derramar la suya. Dice que los cubanos están listos para morir por el socialismo… pero uno se pregunta si su ahijado ya habrá regresado cómodo desde España o si todavía está disfrutando del capitalismo europeo que tanto dicen odiar.

No hay transporte para el pueblo, no hay combustible para el pueblo, no hay fuel para las termoeléctricas que mantienen al país a oscuras. Pero siempre aparece gasolina cuando hay que montar marchas, desfiles, actos políticos y escenografías revolucionarias. Para la propaganda nunca falta nada. El apagón es solo para el de abajo.

Y mientras tanto, en la autodenominada República “Bolivariana” de Venezuela, la presidenta de turno recibe sonriente en Miraflores al jefe de la CIA. Sí, al mismo que observó junto a Donald Trump, desde Florida, la operación que terminó con la captura de Maduro y con 32 cubanos muertos lejos de su país. Treinta y dos familias enlutadas. Pero eso no sale en el noticiero con música épica.

No es complicado entender el esquema: el rebaño va al matadero, la élite se reparte el botín. Y la única verdad incómoda es esta: uno es esclavo hasta que decide seguir siéndolo. No hay cadenas más fuertes que las mentales.

Solo un esclavo feliz es capaz de ofrecer su sangre a un poder que vive de la mentira. “Las tiendas en MLC van a sustituir las de CUP”. “No hay tropas cubanas en Venezuela”. Mentiras repetidas hasta que duelan menos… o hasta que ya no importe la verdad.

Díaz-Canel sube el tono, amenaza, se pone épico. Pero hay algo que no cambia, por mucho discurso inflamado que suelte: la Base Naval de Estados Unidos en Guantánamo sigue exactamente en el mismo lugar. Ni un centímetro se ha movido con tanta bravata.

Y entonces queda la pregunta final, la que resume todo el absurdo:
¿Hoy era día de fiesta con carroza incluida… o día de duelo nacional?

Porque para el poder, está claro, los muertos siempre son de otros.

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