Esposa de militar cubano caído en Venezuela revela que este salió despedido 300 metros del lugar donde dormía tras ser alcanzado por una bomba

Redacción

La épica oficial vuelve a hacer agua cuando se enfrenta a los hechos. La esposa de Adrián Pérez Beades, uno de los militares cubanos muertos en Venezuela durante la fallida operación contra Nicolás Maduro, contó una versión que desmonta por completo el relato heroico vendido desde La Habana.

Según declaró al periódico El Artemiseño, su esposo nunca supo que estaba bajo ataque. En la madrugada del 3 de enero, mientras dormía en una vivienda junto a otros once militares cubanos, una bomba cayó directamente sobre el lugar. No hubo alarma, ni combate, ni tiempo para reaccionar. Pasó del sueño a la muerte en segundos. La explosión fue tan violenta que su cuerpo salió despedido —ya sin vida— a cientos de metros.

Pérez Beades tenía 34 años, era capitán de las FAR y llevaba más de un año en Venezuela. Su historia, cruda y directa, choca de frente con el discurso pronunciado por Miguel Díaz-Canel durante el homenaje en la Tribuna Antiimperialista, donde aseguró que los 32 cubanos fallecidos “ofrecieron sus vidas” en una batalla “hasta la última bala”, presentándolos como símbolos de coraje y sacrificio.

La realidad es otra. Así lo confirmó también Pedro Yadín Domínguez, oficial herido en el ataque, quien al regresar a Cuba reveló que muchos de los militares estaban descansando y que apenas contaban con armamento. No estaban en posición de combate. No defendían ningún frente. No libraban ninguna gesta.

Propaganda para tapar una misión incómoda

Pese al dolor genuino de las familias, el régimen optó por convertir la tragedia en espectáculo patriótico. Discursos, consignas, banderas y silencio selectivo. Todo menos una explicación honesta de por qué esos hombres estaban en Caracas y no en Cuba.

Porque esos militares no estaban defendiendo su país ni cumpliendo una misión humanitaria. Estaban allí para respaldar directamente al régimen de Nicolás Maduro, cumpliendo funciones de seguridad del poder chavista. Una realidad que La Habana negó durante años y que ahora emerge, sin maquillaje, a través de los propios muertos.

La operación dejó al descubierto la implicación directa de oficiales cubanos en la protección de una dictadura extranjera. Nada de epopeyas. Nada de gloria. Solo una misión política ajena, pagada con vidas jóvenes.

Mientras el Estado recita consignas y habla de “heroísmo”, las familias entierran a sus esposos e hijos. Y detrás de cada acto oficial queda flotando una verdad incómoda: no murieron luchando por Cuba, murieron sosteniendo un poder que no era el suyo.

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