Cuando todo parecía perdido, ocurrió lo que muchos llaman un milagro. La familia de la pequeña Mía, que había salido de Cuba aferrada a la esperanza de salvarle la vida, logró finalmente entrar de manera legal a Estados Unidos tras una dura y angustiosa batalla migratoria. Un viaje marcado por el miedo, la fe y una lucha que aún no termina, pero que ahora tiene una luz al final del túnel.
Después de seis meses de incertidumbre, la niña cubana Mía Rey Jiménez, de apenas dos años, aterrizó en Miami para iniciar un tratamiento especializado contra un cáncer agresivo que puso su vida en peligro. Su llegada no fue solo un vuelo más: fue la materialización de meses de oraciones, gestiones legales y noches sin dormir.
La historia, recogida por Univisión, comenzó en Cárdenas, Matanzas, cuando sus padres recibieron una noticia devastadora. En Cuba, a Mía le diagnosticaron inicialmente un neuroblastoma metastásico en etapa cuatro, un tipo de cáncer infantil extremadamente agresivo. Ante la falta de opciones reales y el temor de perderla, tomaron la decisión más difícil: salir del país para buscar ayuda médica fuera.
El camino no fue directo ni sencillo. Primero viajaron a Nicaragua y luego a Costa Rica, donde la niña fue sometida a sesiones de quimioterapia y a una cirugía de altísimo riesgo. Los médicos fueron claros: las probabilidades de supervivencia apenas alcanzaban el 40 %. Aun así, su madre, Liudmila Jiménez Matos, se aferró a la fe. “Ella es una guerrera, tiene ganas de vivir”, dijo, convencida de que su hija no se rendiría.
Durante la evaluación médica en Costa Rica, los especialistas detectaron que el tumor estaba comprometido con la vena aorta y la vena cava, una situación extremadamente delicada. Aunque la cirugía fue exitosa, la batalla no había terminado. Mía aún conserva una masa en uno de sus pulmones y presenta metástasis en la médula ósea, lo que impide que su cuerpo produzca células madre de manera adecuada.
La esperanza volvió a aparecer cuando médicos del Nicklaus Children’s Hospital, en Miami, ofrecieron atender su caso de manera gratuita y con un 85 % de probabilidades de éxito. Pero había un obstáculo enorme: lograr entrar legalmente a Estados Unidos.
La familia solicitó una visa humanitaria, que fue denegada inicialmente. Un grupo de abogados asumió el caso de forma gratuita y presentó una apelación que parecía perderse en el silencio burocrático. Durante semanas, no hubo respuestas ni certezas.
Fue entonces cuando la intervención de la congresista cubanoamericana María Elvira Salazar marcó la diferencia. Su oficina trabajó directamente con el equipo legal y gestionó una excepción humanitaria ante las autoridades migratorias. Finalmente, la petición familiar presentada por el padre de Mía, residente legal en EE. UU., fue aprobada.
Al llegar a Miami, la emoción era imposible de ocultar. “Más feliz no puedo estar”, expresó Liudmila. “Mi hija será atendida por médicos que la han estado esperando. Eso es amor por la profesión y por salvar una vida más”.
Mía ya se encuentra ingresada en el Nicklaus Children’s Hospital, donde comenzará un tratamiento que podría marcar un antes y un después. Su padre lo resume con fe: “Dios tiene un propósito grande para ella”.
Ahora, la familia sueña con el día en que la pequeña pueda tocar la campana, ese símbolo que anuncia la victoria contra el cáncer. Un sonido que, para ellos, significará que todo este viaje valió la pena.










