Miguel Díaz-Canel volvió a mirar hacia Moscú. Este martes recibió en el Palacio de la Revolución al ministro del Interior de Rusia, Vladímir Kolokoltsev, en un encuentro que el propio gobernante calificó como de “enorme significación”, una frase grandilocuente que dice más del aislamiento del régimen cubano que de la real trascendencia del diálogo.
En medio de una crisis económica, política y social sin precedentes, y con la tensión con Washington nuevamente en ascenso, Díaz-Canel apeló una vez más al viejo aliado ruso. Agradeció la supuesta “sensibilidad” y “comprensión” de Moscú hacia la situación de Cuba, una manera elegante de admitir que el régimen está corto de apoyos y largo de problemas.
El encuentro reunió a figuras clave del aparato represivo de ambos países. Por la parte cubana estuvo el ministro del Interior, Lázaro Alberto Álvarez Casas, junto a otros altos oficiales, dejando claro que el eje central de la visita no es precisamente el bienestar ciudadano, sino la cooperación en materia de seguridad, control y orden interno.
Aunque la narrativa oficial habla de fortalecer la lucha contra la delincuencia y de intercambios sobre la “compleja situación mundial”, el contexto no pasa desapercibido. La visita ocurre apenas tres semanas después de la operación militar de Estados Unidos en Venezuela, que terminó con la captura de Nicolás Maduro y su esposa, acusados de narcoterrorismo por la justicia estadounidense. Un golpe que reconfiguró el tablero regional y dejó al régimen cubano sin su principal aliado político y financiero en América Latina.
Con Caracas fuera de juego, La Habana queda más sola que nunca, y la búsqueda de respaldo en Moscú adquiere un carácter claramente defensivo. No se trata solo de diplomacia, sino de blindaje político y policial frente al creciente descontento interno, los apagones interminables, la inflación descontrolada y un éxodo migratorio que no da tregua.
Durante la jornada, Kolokoltsev también sostuvo un encuentro con Raúl Castro, quien reapareció para ratificar que, aunque no gobierna formalmente, sigue moviendo los hilos del poder. El General de Ejército reiteró las “excelentes relaciones bilaterales” y envió “afectuosos saludos” a Vladímir Putin, en una escena que parece sacada de otro siglo, pero que sigue marcando la política exterior cubana.
En los últimos años, Rusia ha ampliado su presencia en la Isla mediante acuerdos energéticos, logísticos y de defensa, convirtiéndose en uno de los pocos pilares externos que sostienen al régimen. No por afinidad ideológica romántica, sino por conveniencia mutua y necesidad desesperada.
Ni Díaz-Canel ni el ministro ruso ofrecieron declaraciones concretas sobre los acuerdos discutidos. La prensa oficial se limitó a calificar el encuentro de “fraternal” y “productivo”, dos palabras comodín que suelen ocultar más de lo que explican.
Para analistas internacionales, la visita refuerza la imagen de un alineamiento estratégico entre La Habana y Moscú, justo cuando Estados Unidos incrementa su presión diplomática y económica en la región. En el fondo, el mensaje es claro: cuando el país se hunde, el régimen no busca soluciones, busca aliados para sostener el control. Y Rusia, una vez más, aparece como el salvavidas preferido.










