Un suceso estremecedor sacudió el poblado rural de Sevilla, a solo cinco kilómetros de Santiago de Cuba. El martes, vecinos encontraron el cuerpo de Rosendo López, de 40 años, dentro de la fosa de su baño.
Según testimonios recabados por el comunicador Yosmany Mayeta, el hombre llevaba varios días desaparecido. La alarma se encendió cuando los residentes notaron manchas de sangre al ingresar a la vivienda, presagiando que algo terrible había ocurrido.
El hallazgo del cadáver generó indignación inmediata, no solo por la violencia del hecho, sino porque el cuerpo permaneció horas en el lugar debido a la falta de transporte y personal de Medicina Legal. La impotencia y la angustia se sintieron entre los vecinos, testigos del abandono institucional que caracteriza a la Isla.
Fuentes locales señalan que en la casa no se observaron robos ni faltantes, por lo que preliminarmente se descarta un delito común. Las primeras líneas de investigación apuntan a conflictos familiares, dado que Rosendo mantenía tensiones con su hermano Rubén, señalado por allegados y vecinos como una figura conflictiva.
Al ser interrogado por la desaparición, el hermano habría mencionado que Rosendo salió a “arreglar el móvil”, pero su teléfono sonaba sin respuesta, aumentando las sospechas de que algo grave había sucedido. Tras el hallazgo, Rubén fue detenido y permanece bajo investigación, aunque aún no se han formulado cargos en su contra.
Finalmente, después de varias horas de espera, Medicina Legal se encargó del levantamiento del cuerpo, pero el retraso evidenció nuevamente la ineficiencia y la falta de prioridad que el Estado cubano otorga a la seguridad de sus ciudadanos.
Este hecho se suma a un patrón preocupante: la violencia en Cuba está creciendo de manera alarmante. Homicidios, agresiones y conflictos vecinales terminan con vidas que, en muchos casos, parecen no tener valor ante un sistema que no protege ni responde.
La normalización del horror, la impunidad y el silencio oficial no hacen más que perpetuar esta situación. La sociedad cubana merece vivir sin miedo, con instituciones que realmente prevengan, investiguen y sancionen, y con un Estado que deje de priorizar la propaganda sobre la vida de las personas.










