La reaparición de Raúl Castro para recibir en La Habana al ministro del Interior ruso, Vladímir Alexandrovich Kolokoltsev, no es un simple gesto protocolar ni una anécdota diplomática más. Es una señal política clara, lanzada con toda la intención, en un momento de máxima fragilidad interna del régimen cubano y de creciente tensión internacional.
Según la versión edulcorada de la prensa oficial, el encuentro sirvió para “intercambiar sobre las excelentes relaciones bilaterales” y reiterar la voluntad de seguir fortaleciéndolas. La frase ya es un cliché gastado, pero el contexto lo dice todo. Cuba no tiene combustible, no tiene electricidad estable, no tiene alimentos, pero sí tiene tiempo y energía para apretarle la mano al jefe de la policía rusa, uno de los hombres de confianza de Vladimir Putin. Casualidad, ninguna.
Las imágenes difundidas por Cubadebate y Granma muestran a un Raúl Castro de 94 años, reapareciendo como figura de respaldo y continuidad del poder, justo cuando el régimen intenta cerrar filas tras semanas incómodas, marcadas por homenajes militares, rumores internacionales y una narrativa oficial cada vez más frágil. La presencia de Kolokoltsev en La Habana, y su paso tanto por el Palacio de la Revolución como por el despacho del general retirado, confirma que las decisiones clave siguen pasando por el clan histórico, aunque finjan relevo generacional.
Miguel Díaz-Canel, por su parte, no perdió la oportunidad de agradecer la “sensibilidad” rusa y la “disposición a ayudar”, palabras que en el lenguaje del poder cubano suelen traducirse como apoyo político, asesoría en seguridad y cooperación represiva. Nada de eso se dice en voz alta, pero nadie se chupa el dedo. Cuando un ministro del Interior viaja miles de kilómetros, no es para hablar de turismo ni de folklore caribeño.
El recorrido de Kolokoltsev incluyó homenajes, actos simbólicos y ofrendas florales, pero también reuniones con la cúpula del Ministerio del Interior cubano. Todo apunta a un refuerzo de la cooperación en control interno, justo cuando la Isla vive apagones interminables, descontento social y una crisis que ya no se puede maquillar con consignas.
Este encuentro ocurre, además, pocos días después de la reaparición pública de Raúl Castro en un acto militar vinculado a Venezuela, otro detalle que desmonta el cuento del “retirado”. Raúl no gobierna formalmente, pero sigue siendo el seguro de vida del sistema, el que aparece cuando el régimen necesita mandar un mensaje hacia adentro y hacia afuera: aquí no hay fisuras, aquí seguimos alineados con Moscú.
Mientras tanto, el cubano de a pie sigue contando horas sin luz, refrigeradores vacíos y salarios que no alcanzan ni para una leche en los supermercados dolarizados. Pero el régimen tiene claro dónde pone sus prioridades. Seguridad primero, pueblo después… si acaso.










