Régimen admite colapso energético en el país: No hay combustible diesel para poner a funcionar las centrales de generación distribuida

Redacción

Cubanos creen que el Gobierno está haciendo un pulso con el pueblo con los apagones constantes y les podría salir el tiro por la culata con un nuevo levantamiento con el del 11 de julio

Las autoridades cubanas terminaron admitiendo lo que millones de personas ya saben por experiencia diaria: los apagones de este fin de semana no son “incidencias técnicas”, son falta de combustible. Y no cualquier combustible, sino diésel, el que mantiene viva la llamada generación distribuida, ese parche improvisado que el régimen vende como solución estructural.

En televisión nacional, Lázaro Guerra Hernández, director general de Electricidad del Ministerio de Energía y Minas, lo dijo sin rodeos, aunque con el tono burocrático de siempre. La mayor parte de la generación distribuida está fuera de servicio porque no hay diésel. Así, simple y devastador. Sin combustible, más de un centenar de centrales quedaron apagadas, y con ellas se fue la estabilidad mínima del Sistema Eléctrico Nacional.

Como si eso no bastara, el sistema arrastra además cuatro unidades termoeléctricas averiadas y dos en mantenimiento, un combo que ya se ha vuelto costumbre. El resultado fue un nuevo colapso generalizado este lunes, con apagones prolongados en todo el país y afectaciones que superaron los 1,900 megawatts en el horario pico, cifras propias de una emergencia nacional que el discurso oficial se empeña en maquillar.

La Habana volvió a ser un ejemplo claro del desastre. Desde las 6:39 de la tarde del domingo, la capital quedó prácticamente a oscuras. Cinco de los seis bloques de distribución fueron desconectados, con una afectación máxima de 359 MW, paralizando barrios enteros durante más de seis horas continuas. El servicio no se restableció completamente hasta pasada la medianoche, mientras miles de familias cocinaban a oscuras, sin ventiladores y sin información clara.

La Empresa Eléctrica de La Habana reconoció después que no pudo cumplir con la programación anunciada, una frase ya gastada que en la práctica significa apagones fuera de control. También admitió afectaciones adicionales “de emergencia”, lo que confirma que el sistema está operando sin margen alguno. Hoy puede haber luz, mañana no. Todo depende de si aparece combustible… o de si algo más se rompe.

A nivel nacional, el parte de la Unión Eléctrica muestra un panorama aún más preocupante. La disponibilidad real del sistema fue de 1,360 MW frente a una demanda de 2,150 MW, lo que dejó un déficit inicial de 750 MW que fue creciendo a lo largo del día. Para el horario pico, la afectación prevista ascendía a 1,905 MW, impulsada por fallas en las termoeléctricas de Mariel, Felton, Antonio Maceo y Carlos Manuel de Céspedes, además del apagón masivo de la generación distribuida por falta de diésel.

Detrás de las cifras hay una realidad imposible de esconder. Cuba no tiene combustible, no tiene mantenimiento, no tiene respaldo técnico ni financiero, pero sigue insistiendo en discursos de resistencia, soberanía energética y “esfuerzo colectivo”. Mientras tanto, la población vive entre apagón y apagón, sin poder planificar nada tan básico como dormir, cocinar o conservar alimentos.

La admisión oficial de la falta de diésel no es un gesto de transparencia. Es una confesión tardía de un colapso anunciado. Porque el problema no es solo que falte combustible hoy. El problema es que no hay forma visible de garantizarlo mañana, y cada apagón confirma que el sistema eléctrico cubano ya no está en crisis: está en caída libre.

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