Miguel Díaz-Canel reapareció este jueves con un anuncio que llega tarde y forzado: una supuesta conversación telefónica con la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, en la que dice haber condenado “enérgicamente” la intervención militar de Estados Unidos en Caracas y el llamado “secuestro” de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores.
El mensaje, publicado en redes sociales el 22 de enero, aparece 19 días después de los hechos del 3 de enero que sacudieron por completo el tablero político regional y dejaron al régimen cubano mal parado, sin margen de maniobra y, como de costumbre, reaccionando a destiempo.
En su publicación en Facebook y X, Díaz-Canel repitió el discurso de manual, asegurando que trasladó a Rodríguez la “condena” de La Habana y el respaldo absoluto al llamado gobierno bolivariano. Mucho verbo, mucha consigna y cero detalles concretos, una fórmula ya conocida del aparato propagandístico cubano.
El gobernante cubano insistió además en la retórica de la “hermandad histórica” entre ambos países y en la voluntad de seguir fortaleciendo la cooperación bilateral. Sin embargo, no explicó qué respondió Delcy, ni qué se habló realmente, ni si hubo coincidencias más allá del libreto ideológico.
Ese silencio es clave.
Díaz-Canel tampoco aclaró cuándo ocurrió exactamente la llamada. La omisión no es menor. Según declaraciones públicas de la propia Delcy Rodríguez, el intercambio habría tenido lugar el día anterior a su participación en el primer Consejo Federal de Gobierno de 2026, celebrado a inicios de esta semana. Es decir, la publicación cubana llega con retraso, como si intentara recomponer un relato que ya no cuadra con la realidad.
Durante ese Consejo, la presidenta interina venezolana ofreció su propia versión del contacto. Según ella, Díaz-Canel le transmitió condolencias por los muertos del 3 de enero, un gesto que Rodríguez dijo haber devuelto, mencionando a 32 cubanos fallecidos en Caracas, presentados oficialmente como parte de acuerdos de cooperación bilateral.
La narrativa venezolana, sin embargo, evitó cuidadosamente cualquier referencia política a condenas, agresiones o planes conjuntos. El énfasis estuvo en el duelo, en la retórica de la “patria grande” y en la unidad simbólica. Nada más.
En el mensaje difundido por Telesur, Delcy agradeció la llamada, habló de causas justas y de sentirse acompañados, pero no confirmó ninguno de los puntos políticos que Díaz-Canel dio por sentados en su publicación. Ni fortalecimiento de relaciones, ni estrategia común, ni alineamiento automático.
Esa diferencia de tonos no ha pasado desapercibida.
Más aún cuando, en paralelo, Delcy Rodríguez ha sostenido reuniones con altos funcionarios estadounidenses, incluido el director de la CIA, un movimiento impensable hace solo semanas y que ha disparado las especulaciones sobre un giro pragmático en la política exterior venezolana, con consecuencias directas para Cuba.
En redes sociales, el anuncio de Díaz-Canel fue recibido con escepticismo, burlas y hastío. Muchos usuarios cuestionaron el sentido de una llamada publicada tarde y sin resultados visibles, mientras el país se hunde en apagones, escasez y una crisis energética sin salida.
Algunos comentarios fueron directos y filosos. Otros, simplemente irónicos. Para muchos, el mensaje del gobernante cubano pareció más un monólogo que una conversación, un intento desesperado de mostrarse relevante cuando los aliados históricos empiezan a tomar distancia.
En este contexto, la llamada no parece sellar ninguna alianza sólida. Más bien expone una realidad incómoda: Cuba insiste en el respaldo incondicional, mientras Venezuela explora nuevos caminos y ajusta su discurso a una región en plena reconfiguración.
A casi tres semanas de la caída de Maduro, el gesto de Díaz-Canel suena menos a estrategia y más a reflejo. Un intento tardío de salvar la narrativa de hermandad, cuando los hechos apuntan en otra dirección.
Al final, la pregunta sigue flotando en el aire, sin respuesta oficial y con demasiados silencios alrededor: ¿qué le dijo realmente Delcy Rodríguez a Díaz-Canel?
Como bien resumieron muchos en redes, una conversación no solo se mide por lo que se dice, sino —sobre todo— por lo que se evita decir.










