El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tiene un objetivo claro: sacar del poder a la cúpula que gobierna Cuba. Según reveló The Wall Street Journal, la Casa Blanca estaría buscando activamente funcionarios dentro del propio régimen dispuestos a negociar con Washington para empujar la salida del sistema comunista que controla la Isla desde hace más de seis décadas.
El diario estadounidense, citando a funcionarios que hablaron bajo condición de anonimato, señala que la administración Trump no cuenta aún con un plan cerrado para Cuba, pero que la reciente captura del dictador venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses funciona como advertencia directa y modelo operativo para La Habana. El mensaje es claro: nadie es intocable.
De acuerdo con la publicación, ya se han celebrado reuniones con exiliados cubanos y grupos cívicos en Miami y Washington, con el objetivo de identificar a algún alto funcionario en Cuba que esté dispuesto a “hacer un trato”. En otras palabras, alguien dentro del sistema que quiera salvarse antes de que el edificio se venga abajo.
El propio Trump elevó el tono a inicios de mes, cuando escribió en su red Truth Social una advertencia directa al régimen cubano: “Les sugiero encarecidamente que hagan un trato, ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE”. Un mensaje sin rodeos, muy al estilo Trump, que en La Habana seguramente no pasó desapercibido.
Sin embargo, algunos analistas consideran que la Casa Blanca podría estar pecando de optimismo. David Smith, experto en política exterior estadounidense de la Universidad de Sídney, explicó que confiar solo en amenazas podría no ser suficiente para desmontar un sistema tan cerrado y represivo como el cubano, hoy encabezado por Miguel Díaz-Canel, pero controlado en la sombra por el castrismo histórico.
Smith recordó el caso reciente de Irán, donde Trump creyó que la presión bastaría para provocar el colapso del régimen. Eso no ocurrió. El aparato represivo iraní resistió, reprimió y se sostuvo. Para el analista, Cuba sigue siendo un terreno opaco, donde resulta difícil medir la verdadera lealtad de los funcionarios y el equilibrio real del poder.
Desde otra perspectiva, Ricardo Zúñiga, exfuncionario de la administración Obama y uno de los arquitectos del fallido deshielo con Cuba entre 2014 y 2017, afirmó que la cúpula cubana es “mucho más difícil de quebrar” que la venezolana. Según Zúñiga, dentro del régimen no existiría hoy nadie realmente dispuesto a jugar del lado estadounidense, al menos de forma abierta.
Derribar al poder cubano ha sido una obsesión constante para sectores de la política estadounidense desde la revolución de 1959 que llevó a Fidel Castro al poder. Washington lo intentó por la fuerza en Playa Girón en 1962 y fracasó. Luego vinieron décadas de operaciones encubiertas, intentos de asesinato y confrontación indirecta durante la Guerra Fría.
Cuba, a solo 150 kilómetros de Florida, se ha convertido en una espina clavada en la política exterior de EE. UU.. Cientos de miles de cubanos han huido del país, empujados por la miseria económica y la represión política, conformando una diáspora influyente, especialmente en estados clave.
Esa comunidad incluye figuras de peso dentro del actual gobierno estadounidense, como el secretario de Estado Marco Rubio, uno de los críticos más duros del comunismo cubano. Para muchos dentro de la administración Trump, resulta humillante que un régimen autoritario tan cercano haya sobrevivido tanto tiempo.
Como resumió el propio David Smith, para los halcones anticomunistas del gobierno estadounidense, Cuba es pequeña, está cerca y sigue siendo una afrenta histórica. Y para Trump, formado políticamente en plena Guerra Fría, la mera existencia del castrismo es una provocación que tarde o temprano quiere saldar.
El tablero se está moviendo. La pregunta ya no es si Washington presiona, sino quién dentro del régimen cubano será el primero en entender que el juego está cambiando.










