La noticia de la muerte de Alfredo Rodríguez, a los 74 años, ha dejado un vacío inmenso entre quienes crecieron escuchando su voz. Aunque el cantante abandonó Cuba en 2012, cruzando México hacia Estados Unidos en busca de libertad y oportunidades para su familia, el Instituto Cubano de la Música (ICM) emitió este jueves un escueto comunicado reconociendo su fallecimiento en Miami.
La nota, breve y fría, fue leída además en la televisión cubana, un gesto poco habitual para artistas que decidieron emigrar. El ICM se limitó a señalar que Alfredo Rodríguez deja un “legado inmenso y una huella imborrable”, y expresó condolencias a familiares y amigos, sin profundizar en la trayectoria del cantante fuera de la Isla.
Ni la UNEAC ni el Ministerio de Cultura se pronunciaron directamente en sus redes; solo firmaron la nota del ICM. Un recuerdo tardío que deja en evidencia cómo el aparato cultural cubano sigue guardando distancia con quienes deciden volar lejos del régimen.
Alfredo dejó Cuba con lo mínimo en una mochila, llevando consigo el amor de su pueblo y la certeza de que su familia necesitaba oportunidades que la Isla ya no podía ofrecer. En una entrevista años atrás con La Casa de Maka, recordó cómo cerrar la puerta de su apartamento en La Habana fue un momento de dolor intenso: “No se lo deseo a nadie. Todavía estoy llorando porque dejaba el amor de muchísima gente”, confesó.
Su salida no fue un capricho: era una necesidad. “Dejaba a mi pueblo, a la gente que había seguido mi carrera humilde. Ya hice lo mío, lo que pude, lo que supe, pero mis hijos necesitaban volar. Si ellos brillan y tienen alas, yo soy un pájaro también que vuela”, decía, refiriéndose especialmente a su hijo, el pianista Alfredo Rodríguez Jr.
La injusticia marcó también su camino: a su hijo le negaron la entrada a Cuba para participar en el Día Internacional del Jazz por invitación de Quincy Jones. “¡Nadie puede entender eso! Un muchacho que solo quiere que su música vuele… ¡qué locura!”, lamentó Alfredito.
Tras cruzar a EE.UU., en pleno régimen de Pies Secos, Pies Mojados, reconstruir su carrera no fue fácil. En Miami, enfrentó desafíos nuevos, pero nunca dejó que la adversidad apagara su arte: “Mientras haya una persona escuchando, ahí está el artista”, decía con la humildad que siempre lo caracterizó.
Aunque lejos de la Isla, Alfredo Rodríguez mantuvo vivo su vínculo con Cuba a través de la música, sus recuerdos y la fe en que el arte puede unir. No solo fue cantante y presentador; fue una figura entrañable para varias generaciones, un hombre que conjugó talento, carisma y sensibilidad.
Su fallecimiento, comunicado por su familia en redes, desató un río de mensajes de afecto y admiración. Su hijo escribió un emotivo mensaje prometiendo continuar la gira como él hubiera querido: “Seguiré ‘Palante y Palante’, y nos volveremos a encontrar”.
Desde Miami hasta La Habana, Alfredo Rodríguez fue despedido con gratitud y cariño por colegas y admiradores. Entre los artistas que expresaron su pesar se cuentan Albertico Pujol, Carlos Otero, Pancho Céspedes, Rojitas, Amaury Gutiérrez, Jorge Ferdecaz, Laritza Bacallao, Yuliet Cruz, Marcos García y Andy Vázquez.
La historia de Alfredo Rodríguez es un recordatorio de cómo el talento cubano muchas veces debe emigrar para brillar, mientras el régimen apenas reconoce a quienes eligen volar lejos de sus fronteras.










