Por primera vez, el régimen cubano admite lo que ya era un secreto a voces: el chikungunya no se va cuando baja la fiebre. En una parte de los pacientes —un “porciento” convenientemente borroso— deja inflamación articular persistente, crónica e incapacitante. Meses, años, quién sabe. Lo reconocen, pero sin números, sin contexto y sin asumir responsabilidades. Transparencia a la cubana.
La realidad, sin embargo, no cabe en un eufemismo. Médicos, reportes independientes y testimonios recogidos por la BBC dibujan un país adolorido, literalmente. “Matanzas parece una ciudad de zombis”, escribió una periodista local en noviembre. No es metáfora exagerada: gente encorvada, pasos cortos, manos rígidas, cuerpos que envejecieron de golpe.
El virus del Aedes aegypti arranca con fiebre, sarpullido y dolores intensos. El problema es después. En no pocos casos, la secuela es una artropatía inflamatoria que se parece demasiado a la artritis reumatoide: rigidez, inflamación de rodillas, tobillos, hombros y manos, pérdida de movilidad y una vida diaria cuesta arriba. Estudios internacionales hablan claro: entre el 20% y el 40% de los enfermos puede quedar con síntomas prolongados. En Cuba, ese dato se diluye en la niebla oficial.
Hansel, ingeniero habanero de 31 años, lo contó sin rodeos: un día estaba trabajando y al siguiente no podía levantarse. “Era como despertarte viejo de repente”, dijo. Un mes después, seguía con rigidez en las manos y dolor en los hombros. Abrir un pomo se volvió una prueba de paciencia. En Pinar del Río, Silvia describió a su madre y a su abuela atrapadas en la cama por el dolor, con fiebre y temblores. Historias así se repiten por toda la isla.
En diciembre, el propio portal de la Presidencia admitió que solo en Matanzas se atendieron más de 5,000 pacientes y que el 60% necesitó rehabilitación. Traducido: alrededor de 3,000 personas con secuelas en una sola provincia. En enero, en otra reunión encabezada por Díaz-Canel, ese número desapareció. En su lugar, reapareció el comodín del “porciento”. Misma oficina, versiones distintas. La opacidad ya ni disimula.
También cambió el libreto. Primero, la fanfarria de modelos matemáticos que prometían “control total” de la epidemia a inicios de 2026. Cuando la realidad les pasó por arriba, los modelos se esfumaron del discurso y entró en escena el fármaco Jusvinza, vendido como salvavidas científico. No es casualidad: es manual de control narrativo. Prometes control, fallas, y entonces sacas un logro biotecnológico para recuperar la iniciativa. El problema es que el dolor no se cura con propaganda.
Mientras tanto, la gente se las arregla como puede. Hospitales colapsados, pediátricos incluidos. Hidratación y paracetamol, y para la casa. Antiinflamatorios, fisioterapia y seguimiento clínico brillan por su ausencia. Muchos enfermos ni siquiera entran en las estadísticas porque nunca regresan a un sistema que no tiene qué ofrecerles. Se automedican, buscan remedios caseros o dependen de lo que llegue del exterior. El mercado informal suple al Estado, otra vez.
El resultado es un subregistro conveniente y una población que carga con secuelas sin nombre oficial. La “potencia médica” guarda silencio sobre el impacto real en una sociedad envejecida, golpeada por apagones, basura acumulada y el abandono del control vectorial. El mosquito hace su trabajo; el Estado, no tanto.
En boca del régimen, palabras como “persistente” y “porciento” no describen una política sanitaria. Describen una estrategia: admitir lo justo para no perder credibilidad del todo y ocultar lo suficiente para no rendir cuentas. Pero en las calles de Cuba, la verdad camina despacio, doblada por el dolor. Y ese silencio oficial ya es, también, una enfermedad crónica.










