Mientras Cuba sobrevive entre apagones diarios, salarios de miseria y una crisis económica sin fondo, el régimen anunció sin rubor la décima edición del Festival de la Salsa en La Habana. La fiesta está prevista del 26 de febrero al 1 de marzo, con sede principal en el Club 500, como si el país estuviera para congas y celebraciones.
El evento, vendido por la propaganda como una joya cultural, celebrará sus diez años y rendirá homenaje a los 70 de Elito Revé y su Charangón. Todo muy solemne, muy musical, muy alegre… pero completamente desconectado de la Cuba real que hoy vive a oscuras.
Maykel Blanco, presidente del festival, habló de “crecimiento”, “credibilidad” y participación internacional. DJs, academias de baile, profesores extranjeros y extensión a comunidades, dijo. El discurso suena bonito, pero choca de frente con una población que no tiene electricidad, agua ni comida estable, mucho menos ánimo para festivales.
A partir del 27 de febrero, el Club 500 se llenará de grandes nombres: Los Van Van, Adalberto Álvarez y su Son, Alexander Abreu, Havana D’Primera, Haila, Alain Pérez y el propio Maykel Blanco. Música de primera, sin duda. País de tercera, también sin duda.
El detalle más insultante llega con los precios. Las entradas están en preventa en el Cine Yara a 800 CUP, y en la puerta subirán a 1,000 pesos por noche. También habrá un paquete para varias jornadas. En una Cuba donde el salario medio no alcanza ni para comer una semana, ir a un concierto se ha convertido en un lujo de élite.
La conferencia de prensa contó con la plana habitual: Artex, Carnaval Habana, directores, funcionarios y artistas alineados. Todos sonrientes, todos hablando de cultura, mientras afuera la gente cocina con leña, pierde los alimentos por los apagones y cuenta las horas sin corriente.
Una vez más, el Festival de la Salsa funciona como vitrina turística y propaganda interna. Pan y circo versión tropical, aunque ya no queda pan y el circo cada vez ofende más. El régimen insiste en vender alegría artificial mientras administra escasez, cansancio y frustración.
La imagen es brutal: tarimas iluminadas, amplificadores a todo volumen y entradas impagables, en un país donde hospitales están a oscuras y barrios enteros pasan noches completas sin luz. La salsa suena, pero el país cruje.










