La muerte en Miami del cantante Alfredo “Alfredito” Rodríguez, ocurrida el 23 de enero de 2026, fue reconocida a regañadientes por la prensa oficial cubana. Lo curioso —y a la vez muy revelador— no fue lo que dijeron, sino lo que decidieron callar. Casi ningún medio estatal mencionó el lugar del fallecimiento, como si nombrar a Miami fuera un pecado ideológico o una herejía revolucionaria.
El deceso de una figura tan querida de la música popular cubana obligó al aparato mediático del régimen a reaccionar. Borrar a Alfredito del mapa cultural era imposible, pero reconocer que murió fuera de Cuba, y peor aún, en Estados Unidos, parecía demasiado para la narrativa oficial.
Desde el comunicado del Instituto Cubano de la Música hasta notas publicadas en Granma y Cubadebate, el silencio fue quirúrgico. Se habló de su legado, de su trayectoria, de su aporte artístico, pero ni una palabra sobre el sitio exacto donde terminó su vida. El periodista Wilfredo Cancio Isla fue de los primeros en señalar la maniobra, calificándola como otro ejemplo de esa censura blanda que el régimen practica con maestría.
La excepción fue Juventud Rebelde, que se atrevió —con pinzas— a decir que el artista murió en Estados Unidos. El resto prefirió el eufemismo, la vaguedad y el ya clásico “falleció a los 74 años”, sin más contexto. Informar sin informar, una especialidad de la prensa controlada por el Partido Comunista cuando el tema roza el exilio, y sobre todo, Miami.
Cancio Isla fue directo al punto. Dijo que a estas alturas nada sorprende de los amanuenses del régimen, pero que resulta casi tragicómico que, con un país hundido en apagones, escasez y miseria, la censura siga gastando energía en ocultar el nombre de una ciudad. La famosa “ciudad prohibida” sigue provocando urticaria en los burócratas de la información.
El contraste se vuelve aún más grotesco si se tiene en cuenta que apenas días antes, el 9 de enero, el propio gobierno había publicado en la Gaceta Oficial la cacareada Ley de Transparencia y Acceso a la Información Pública. Según el discurso oficial, un paso hacia una gestión más “veraz” y “participativa”. La realidad, como siempre, duró menos que la tinta del decreto.
Para Cancio, no hay que hacerse ilusiones con leyes paridas por un régimen que ha perfeccionado el control informativo durante décadas. Pero que todavía exista la obsesión de esconder dónde muere un cantante popular dice mucho del nivel de deterioro político y moral del sistema. Un país que censura hasta la geografía está claramente en problemas serios.
La omisión del lugar de la muerte de Alfredito Rodríguez terminó funcionando como una metáfora perfecta del periodismo oficial cubano. Un modelo que maquilla, recorta y distorsiona la realidad cuando no encaja con el relato del poder.
Alfredito, una de las voces más queridas de la música cubana durante generaciones, murió lejos de la isla a los 74 años. Su ausencia no pudo ser ignorada, pero su exilio final sí fue incómodo para la propaganda.
La noticia fue confirmada por su familia en redes sociales y provocó una ola inmediata de mensajes cargados de cariño y respeto. Su hijo, el pianista Alfredo Rodríguez Jr., compartió un texto profundamente emotivo en el que prometía seguir adelante con su gira, honrando el espíritu de su padre y su filosofía de vida.
Desde Miami hasta La Habana, desde escenarios internacionales hasta la memoria sentimental de quienes crecieron con su música, Alfredito fue despedido con gratitud. La gente no necesitó permiso del Estado para saber dónde murió ni por qué su legado sigue vivo.










