Cuba vuelve a chocar de frente con una crisis de combustible que ya no sorprende a nadie, pero que esta vez llega con una fuerza demoledora. No se trata solo de la inestabilidad habitual del sistema, sino de la pérdida de uno de los pocos salvavidas que aún mantenían al país a flote: el petróleo venezolano. Sin ese respaldo, el castillo de naipes energético empieza a venirse abajo a la vista de todos.
La interrupción del crudo que llegaba desde Caracas ha desatado un efecto dominó que se siente en cada esquina. Gasolineras cerradas, colas interminables y un mercado negro que hace y deshace a su antojo. “El que la tiene, la vende al precio que quiere”, dijo un activista a Martí Noticias, y no exagera ni una pizca. Hoy, la ley del combustible en Cuba es simple y cruel: manda el que acapara.
En barrios de La Habana como Quivicán o Santiago de las Vegas, el litro de gasolina se mueve entre 700 y 900 pesos. En San Antonio de los Baños ya ronda los 1.000, y en provincias como Camagüey se habla sin pudor de cifras que llegan a 1.300 y hasta 1.500 pesos por litro. Un disparate absoluto en un país donde el salario promedio no alcanza ni para soñar con eso.
La desesperación ha llegado al punto de que ni siquiera quienes tenían supuestas prioridades reciben combustible. Usuarios con plantas eléctricas, necesarios para sobrevivir a los apagones, están igual de desamparados. Una madre contó que tuvo que pagar 1.500 pesos por apenas dos litros para poder cocinar. No compró más porque, sencillamente, no pudo. La urgencia ya no entiende de lógica económica ni de discursos oficiales.
En provincias como Camagüey, la escena es cada vez más tensa. Conductores hacen colas desde la madrugada sin saber si llegará el camión cisterna ni cuándo. La falta de información oficial alimenta el nerviosismo. “Las colas ya no son solo para esperar gasolina, son por miedo”, confesó una conductora habanera. Miedo a quedarse sin nada, miedo a que mañana sea peor. Y casi siempre lo es.
El golpe de fondo llegó tras la caída de Nicolás Maduro. Su detención el pasado 3 de enero durante una operación militar estadounidense no solo sacudió a Venezuela, sino que dejó al régimen cubano sin uno de sus principales soportes energéticos. En los últimos meses, Cuba recibía entre 32.000 y 35.000 barriles diarios de crudo venezolano, una cifra clave para sostener transporte, industria y, sobre todo, la ya maltrecha generación eléctrica.
“El día que Cuba pierde esos barriles, el colapso es inevitable”, advirtió Jorge Piñón, experto en energía de la Universidad de Texas. Y los números respaldan esa alarma. Según EFE, en 2025 el petróleo venezolano cubría alrededor del 30 % de las necesidades energéticas del país. Perder eso no es un ajuste, es una amputación.
La escasez no se queda en los carros parados. Se traduce en apagones más largos, hospitales funcionando al límite, fábricas paralizadas y escuelas afectadas. Todo se encadena. Y como si fuera poco, los envíos desde México también han disminuido y las divisas brillan por su ausencia.
A este desastre se suma la distorsión brutal de la dolarización. Mientras las gasolineras que venden en pesos permanecen cerradas o vacías, las que operan en divisas reciben prioridad. El problema es obvio y sangrante: la mayoría de los cubanos no gana en dólares. “En moneda nacional no han surtido más. Hay que comprar en divisa, y aquí nadie cobra en divisa”, se quejaba un hombre tras cuatro horas de espera.
El resultado es un círculo vicioso de pobreza, inflación y mercado negro. Muchos terminan cambiando pesos por dólares a tasas absurdas o arriesgándose a comprar combustible ilegal, con todo lo que eso implica.
Las advertencias económicas no son nada alentadoras. El economista Miguel Alejandro Hayes alertó que la pérdida del petróleo venezolano podría provocar una caída del 27 % del PIB, un aumento del 75 % en los costos del transporte y un encarecimiento del 60 % en los alimentos. Todo eso en un país que ya venía cuesta abajo y sin frenos.
Para rematar, informes internacionales apuntan a que Estados Unidos podría bloquear completamente las importaciones de petróleo hacia Cuba, mientras México evalúa revisar sus envíos. La isla queda así atrapada en una tormenta perfecta, sin combustible, sin dinero y sin un plan creíble.










