Mientras Cuba entra en un nuevo año marcado por el miedo, la escasez y la incertidumbre, sacerdotes y sacerdotisas de la santería salieron este domingo a pedir algo tan elemental como urgente: paz. No paz discursiva ni consignada, sino paz real, de esa que escasea cuando un país vive permanentemente al borde del colapso.
La escena tuvo lugar en La Habana y fue descrita por la agencia Associated Press. Cantos en yoruba, sacrificios rituales y oraciones colectivas marcaron una ceremonia celebrada en el patio de una antigua vivienda, en medio de un clima político cada vez más tenso con Estados Unidos y una crisis económica que no afloja ni por caridad.
Vestidos de blanco, rodeados de ofrendas y bajo la sombra de un frondoso árbol de mango, decenas de babalawos y fieles invocaron primero a Eggun, la deidad de los ancestros, y luego a Azowano, una de las manifestaciones de San Lázaro, figura profundamente venerada por los cubanos. El mensaje era claro: protección, salud y armonía para un pueblo agotado.
“No se trata solo de religión, sino de aliviar el peso de lo que viene”, explicó a AP el sacerdote Lázaro Cuesta, organizador del ritual. Para muchos de los presentes, la ceremonia fue una manera de plantarle cara al miedo colectivo que flota en el ambiente desde que comenzó el año, cargado de sobresaltos geopolíticos y señales de mayor asfixia económica.
Ya a finales de diciembre, los babalawos habían advertido mediante la tradicional Letra del Año sobre conflictos, violencia y tensiones que marcarían a Cuba y al mundo en 2026. Días después, la realidad pareció ir en la misma dirección. El 3 de enero, Estados Unidos ejecutó una operación militar en Caracas que terminó con la captura de Nicolás Maduro y la muerte de 32 soldados cubanos que integraban su equipo de seguridad.
El golpe fue directo al estómago del régimen. Venezuela es uno de sus principales aliados políticos y económicos, y el impacto se sintió tanto en las alturas del poder como en la calle, donde la gente entiende que cada sacudida internacional se traduce en más carencias puertas adentro.
En ese contexto, la religión vuelve a ocupar un lugar central en la vida cotidiana de muchos cubanos. La Letra del Año 2026, divulgada el 1 de enero por la Asociación Cultural Yoruba de Cuba, ya alertaba sobre un ciclo de conflictos que “no se terminan”, un aumento de la violencia social y doméstica, problemas de salud y la persistencia del éxodo migratorio. Un retrato que encaja demasiado bien con la Cuba actual.
Durante la ceremonia del domingo, cientos de personas hicieron fila para ser limpiadas simbólicamente con pollos vivos, entre cánticos ancestrales. Entre ellas estaba Yusmina Hernández, ama de casa de 49 años, quien resumió el sentir general con una frase sencilla: “Como personas religiosas, tratamos de apartar todo lo negativo que llega a nuestras vidas”.
Las ofrendas incluyeron alimentos hoy casi imposibles de conseguir, como huevos, frijoles y maíz, un detalle que no pasó desapercibido y que dice más que mil discursos oficiales. “Esto se hace por el bien de la sociedad, para que no haya conflicto ni violencia”, explicó a AP Eraimy León, babalawo de 43 años, mientras concluía la ceremonia.
En una Cuba donde la economía se asfixia, la migración sigue vaciando hogares y el futuro se ve cada vez más estrecho, la santería vuelve a ser refugio, consuelo y advertencia. Para muchos cubanos, pedir paz a los orishas no es folklore ni tradición: es una necesidad vital frente a un 2026 que, desde sus primeros días, ya viene cuesta arriba y sin promesas.










