Cerca del mediodía, un pequeño autobús amarillo se detiene frente al Malecón habanero. De él baja un grupo de turistas que corre directo hacia una fila de almendrones relucientes, celulares en alto, sonrisa lista. Fotos rápidas, dos selfies y adiós. Nadie se monta. Nadie paga.
Los choferes, que llevaban horas esperando su primera carrera del día, se levantan con ilusión… y se vuelven a sentar con la misma rapidez. La escena se repite todos los días, en una Habana cada vez más vacía de visitantes y más llena de frustración.
Un reportaje de Associated Press confirma lo que ya se siente en la calle: el turismo en Cuba se ha desplomado a menos de la mitad desde 2018, arrastrando consigo el sustento de miles de familias que dependían de esa industria para sobrevivir.
La crisis no llegó sola. Apagones interminables, falta de combustible y el recorte del petróleo venezolano, tras la operación militar estadounidense que sacó del poder a Nicolás Maduro, han dejado a la capital cubana en un estado de parálisis casi total.
“Esto está muy malo”, suelta sin rodeos Reymundo Aldama, chofer de un Ford Fairlane rosado de 1957. Antes trabajaba hasta las nueve de la noche. Hoy pasa el día entero mirando el mar… sin clientes.
La caída ha sido tan brutal que los precios de los paseos se desplomaron. De 50 dólares bajaron a 25, y si el turista aprieta, hasta 20. Ni así aparece la clientela.
El golpe no se queda en los almendrones. Rosbel Figueredo, de 30 años, vende frituras de harina con azúcar para sobrevivir. Antes despachaba 150 bolsas diarias; ahora carga 50 y muchas regresan intactas.
“Soy técnico industrial, pero ahora vendo dulces para poder comer”, dice, con la preocupación marcada en la cara. Tiene pareja, tres hijos y cero certezas.
Las cifras oficiales terminan de pintar el cuadro. Entre enero y noviembre de 2025, Cuba recibió apenas 2,3 millones de turistas, muy lejos de los 4,8 millones de 2018. El retroceso es devastador.
A eso se suman las restricciones impuestas por Donald Trump a viajes y cruceros, junto con un endurecimiento de sanciones que, según AP, le costaron al régimen unos 8,000 millones de dólares en menos de un año. Una de las pocas fuentes de divisas quedó prácticamente cerrada.
Gaspar Biart, chofer de una guagua turística, recuerda cuando ocho autobuses de dos pisos recorrían La Habana llenos, tres veces al día. Hoy apenas ruedan cuatro… casi vacíos. “El turismo mueve la economía, y sin turismo no hay país”, resume, sin adornos.
El Malecón es el espejo del desastre. Restaurantes vacíos, manteles agitándose con el viento, empleados mirando al horizonte como quien espera un milagro. En las zonas más turísticas, la basura se acumula, el agua falta y los apagones se han vuelto rutina.
Algún visitante curioso todavía aparece. Vincent Seigi, ruso, sentado frente al Castillo del Morro, dice que venía preparado para el caos, pero aun así quedó sorprendido. Sin internet, sin movimiento, sin vida. “Parece que aquí el reloj se detuvo”, comenta.
Con Venezuela fuera del juego, muchos se preguntan si Rusia o China saldrán al rescate. Por ahora, lo único que llega son discursos y promesas vacías.
Mientras tanto, el turismo —durante años salvavidas de la economía cubana— se hunde entre sanciones, escasez y una gestión que no da respuestas.
La Habana sigue ahí, silenciosa. Los almendrones, impecables por fuera, esperan clientes que no llegan. Y con el combustible cada vez más escaso, muchos choferes saben que pronto ni siquiera podrán encender el motor.










