La señal de alarma ya no es discreta. Embajadas y compañías internacionales con presencia en Cuba están revisando sus planes de contingencia, ante el aumento de la presión de Washington y un escenario interno cada vez más inestable. La captura en Estados Unidos del expresidente venezolano Nicolás Maduro terminó de encender todas las luces rojas en el Caribe y dejó al régimen cubano aún más expuesto y sin respaldo real.
De acuerdo con fuentes citadas por la prensa internacional, en las últimas semanas ha crecido la preocupación dentro de sedes diplomáticas y filiales empresariales extranjeras, que observan con inquietud el deterioro acelerado de la situación cubana, marcada por apagones interminables, escasez crítica de combustible y un colapso económico que ya no admite maquillaje oficial.
Fuentes diplomáticas consultadas bajo anonimato confirmaron que varios países europeos y latinoamericanos han comenzado a actualizar sus planes de evacuación, revisando registros de ciudadanos residentes en la isla e incluso contactándolos directamente para verificar datos y disponibilidad. Una diplomática en La Habana lo resumió sin rodeos: “Es nuestra responsabilidad revisar los planes y preparar escenarios”. Traducido al cubano: por si esto se cae del todo.
Algunas embajadas también se están preparando para sobrevivir a largos períodos sin electricidad, agua o combustible, una realidad que ya no es excepcional en Cuba y que podría agravarse si la crisis escala. Otras legaciones aseguran que no ven una activación inmediata de protocolos, pero admiten que se mantienen en guardia. Nadie quiere que lo cojan fuera de base.
La incertidumbre no se queda en lo diplomático. El sector empresarial extranjero también está en modo repliegue. Varias multinacionales reconocieron en privado que han tenido que replantear su actividad en la isla ante dos riesgos evidentes: una posible acción militar estadounidense, aunque sea limitada, y el impacto brutal del desastre económico cubano sobre la producción y la logística.
Fuentes empresariales alertan que los apagones y la falta de combustible están llevando al límite la operatividad de muchas fábricas, y que incluso las empresas con reservas energéticas saben que, si se cortan definitivamente los envíos desde Venezuela y México, la continuidad será imposible. El problema no es la voluntad de invertir, es que no hay país que aguante este nivel de caos.
Uno de los casos más comentados es el de la multinacional británica Unilever, que, según fuentes cercanas, ya habría evacuado a las familias de sus trabajadores extranjeros en Cuba. La empresa, que produce artículos de higiene y limpieza en la isla, no ha ofrecido declaraciones públicas, pero el movimiento dice más que cualquier comunicado.
Desde Washington, el tono no ha hecho más que endurecerse. Tras la captura de Maduro el 3 de enero, Estados Unidos cerró el grifo del petróleo venezolano, principal salvavidas energético del régimen cubano, y lanzó advertencias directas a La Habana. Donald Trump afirmó recientemente que Cuba está “a punto de caer”, y llegó a decir que lo único que quedaba era “entrar y destruir el lugar”, según recogió la agencia EFE.
El secretario de Estado, Marco Rubio, tampoco suavizó el mensaje. “Si estuviera en La Habana, estaría preocupado, aunque fuera un poco”, dijo, dejando claro que el régimen ya no tiene margen ni aliados sólidos.
Todo esto ocurre mientras Cuba atraviesa su peor crisis económica y social en décadas, con apagones masivos, desabastecimiento generalizado, un sistema de salud colapsado y un país todavía golpeado por los daños del huracán Melissa en el oriente. Expertos citados por EFE coinciden en que este es uno de los momentos más tensos en la relación bilateral desde 1959, no solo por la firmeza de Washington, sino por la fragilidad extrema de un régimen que se sostiene a base de consignas mientras el país se le desmorona en las manos.










