Cuba vuelve a caminar al borde del precipicio, pero esta vez el abismo es energético. La más reciente decisión anunciada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no es un simple gesto político: puede convertirse en el golpe que termine de dejar a la Isla sin petróleo… y sin margen de maniobra.
Con la firma de una orden ejecutiva que permite imponer aranceles y sanciones a cualquier país que suministre crudo a La Habana, Washington subió la apuesta. No solo endureció el discurso, sino que puso directamente en jaque la supervivencia energética de un país que ya vive a oscuras buena parte del día.
La medida apunta a cortar una de las últimas mangueras de oxígeno del régimen cubano: el petróleo extranjero. En medio de apagones interminables, transporte semiparalizado y una economía que apenas respira, el impacto de esta decisión puede sentirse con fuerza en la vida diaria de millones de cubanos.
Según un análisis del Financial Times basado en datos de la firma Kpler, la situación es más grave de lo que muchos imaginan. Cuba tendría hoy reservas de petróleo suficientes apenas para entre 15 y 20 días, siempre que el consumo y la producción interna se mantengan como están.
A comienzos de año, la Isla contaba con unos 460 mil barriles almacenados y, desde entonces, solo ha recibido 84,900 barriles en un único envío procedente de México el pasado 9 de enero. Con ese colchón, el país apenas logra sostener el sistema eléctrico y una parte mínima de la actividad productiva durante dos o tres semanas.
El panorama empeora si se tiene en cuenta la escasez de fueloil, clave para mantener funcionando las termoeléctricas. El sistema energético cubano está, literalmente, en su punto más crítico en décadas.
La crisis no llegó sola. Se intensificó tras dos golpes casi simultáneos: el aumento de la presión estadounidense sobre los tanqueros que traían crudo desde Venezuela y la reducción —o suspensión— de los envíos desde México.
Aunque la presidenta Claudia Sheinbaum ha insistido en que México seguirá apoyando a Cuba, los datos muestran otra realidad. El flujo ha sido mínimo y, según varios reportes, Pemex incluso canceló un cargamento ya destinado a La Habana, una señal clara de que la presión de Washington empieza a surtir efecto.
A eso se suma una deuda de más de 1,500 millones de dólares que Cuba mantiene con México por envíos de crudo y diésel realizados el año pasado. Una carga pesada para cualquier proveedor.
El desplome del suministro venezolano fue, sin dudas, el golpe más duro. En 2025, el petróleo de Caracas cubría cerca del 30 % de las necesidades energéticas de la Isla, con hasta 35,000 barriles diarios. Hoy, ese salvavidas prácticamente desapareció.
El resultado es una tormenta perfecta: sin Venezuela, con México en pausa y con Estados Unidos dispuesto a sancionar a cualquiera que se atreva a vender petróleo a Cuba.
Las consecuencias ya están a la vista. Las gasolineras en moneda nacional permanecen cerradas, el mercado informal manda y los precios se disparan sin freno. En algunos municipios el litro se vende entre 700 y 1,500 pesos, cifras impensables hace apenas unos meses.
Las colas son interminables y el miedo se mezcla con la necesidad. Choferes y transportistas pasan noches enteras esperando un camión cisterna que quizás nunca llegue. Muchos reducen rutas, cancelan servicios o almacenan combustible en casa, reviviendo escenas del período especial más duro.
Como si fuera poco, el sistema eléctrico también se desmorona. La salida de la termoeléctrica Antonio Guiteras provocó un déficit adicional de 200 megavatios y, en horas pico, el país puede quedarse sin hasta tres cuartas partes de la electricidad que necesita.
La gran pregunta ya no es cuántos barriles le quedan a Cuba, sino cuánto tiempo puede sostenerse un país donde todo depende de un combustible que casi no entra.
Para algunos analistas, como Nicholas Watson, la situación es tan grave que podría volverse “existencial” para el régimen. Y no es exageración.
Nada de esto es casual. Es el resultado de décadas de mala gestión, dependencia externa y un modelo económico incapaz de sostenerse por sí solo. Mientras tanto, el costo lo pagan los de siempre: el pueblo.
Trump cumplió su advertencia: Cuba no seguiría recibiendo ni petróleo ni dinero sin negociar. Con la nueva orden ejecutiva y la declaración de emergencia nacional, el margen de maniobra se reduce al mínimo.
Si no entran nuevos cargamentos pronto, Cuba no enfrenta solo otra crisis más. Enfrenta un punto de quiebre. Y, una vez más, el pueblo queda atrapado en medio del colapso.










