Cubanos deciden pedir su autodeportación de Estados Unidos y terminan encerrados en la Base Naval de Guantánamo

Redacción

Senador cubanoamericano Mario Díaz-Balart pide a los demócratas que aprueben su propuesta de procesar la reunificación familiar para cubanos en la Base Naval de Guantánamo

Un grupo de cubanos detenidos por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos pensó que estaba cerrando un ciclo. Aceptaron la deportación convencidos de que regresarían a La Habana, abrazarían a sus familias y pondrían punto final a años de espera, miedo e incertidumbre migratoria. Pero el avión no aterrizó en Cuba. Aterrizó en Guantánamo.

Según reveló The New York Times en un reportaje firmado por la periodista Carol Rosenberg, decenas de cubanos permanecen retenidos en la Base Naval estadounidense desde antes de Navidad, atrapados en un limbo tan absurdo como inhumano. Un castigo inesperado para quienes creyeron que cooperar era la vía más rápida para recuperar la libertad.

Muchos ni siquiera sabían que Guantánamo seguía siendo parte del engranaje migratorio de Estados Unidos. Pensaron que aceptar la deportación era salir por la puerta de atrás de los centros de detención, no entrar por otra peor. Nunca imaginaron acabar en una base marcada durante años por la detención de presuntos terroristas.

Se trata de alrededor de medio centenar de hombres, entre los 20 y los 50 años, trasladados desde centros de detención en distintos estados, sobre todo Luisiana. Varios creyeron hasta el último momento que iban rumbo a La Habana. Solo cuando el avión tocó tierra en el extremo oriental de Cuba, del lado controlado por Washington, entendieron que algo no cuadraba. Para entonces, ya no había vuelta atrás.

Guantánamo no los acercó a sus casas. Al contrario. Las severas restricciones impuestas por el régimen cubano a los vuelos desde la base hacia el resto de la isla obligan a Estados Unidos a sacarlos otra vez de allí, devolverlos a territorio estadounidense y luego intentar entregarlos a las autoridades cubanas. Un círculo burocrático que ha extendido su encierro durante semanas, sin fecha clara de salida.

Al inicio, algunos fueron ubicados en barracones cercanos a la pista aérea tras ser evaluados como personas de bajo riesgo. Pero The New York Times confirmó que, por problemas técnicos nunca explicados, todos terminaron concentrados en el Campamento 6, una prisión que en el pasado alojó a presuntos miembros de Al Qaeda. El símbolo no pudo ser más demoledor.

Desde diciembre, CiberCuba ha recibido denuncias directas de familiares que aseguran que sus seres queridos fueron llevados engañados, incomunicados durante días y tratados como criminales, pese a que la mayoría no tiene antecedentes penales. Algunos habían solicitado asilo, otros tenían permisos de trabajo, pero aceptaron regresar tras años de espera sin respuestas.

Los relatos recogidos por familiares y medios como Telemundo 51 hablan de esposas, cadenas, fusiles apuntando al bajar del avión y llamadas breves, cargadas de miedo. En Cuba, algunos parientes fueron incluso a aeropuertos esperando vuelos que nunca llegaron, regresando a casa con la angustia de no saber dónde estaban los suyos.

Mientras tanto, el silencio oficial ha sido casi total. El Departamento de Seguridad Nacional se ha limitado a afirmar que entre los detenidos hay personas con antecedentes criminales graves, sin presentar pruebas ni ofrecer detalles concretos. Las familias lo niegan de plano.

La Unión Americana de Libertades Civiles ha denunciado esta política y sostiene que muchos aceptaron la deportación creyendo que era el final del encierro, no el inicio de otro aún más incierto y opaco.

El caso también deja en evidencia las contradicciones y el despilfarro de la operación. En enero de 2025, la administración de Donald Trump ordenó preparar Guantánamo para albergar hasta 30.000 “extranjeros criminales”. Un año después, apenas unos 780 migrantes han pasado por la base, según datos recopilados por The New York Times, sin que se haya demostrado que la mayoría tuviera historial delictivo. Millones de dólares han sido gastados en una instalación que ha permanecido vacía durante largos períodos.

Para Cuba, el asunto es igual de incómodo. El régimen ha optado por callar, mientras limita a un solo vuelo mensual la repatriación de deportados desde Estados Unidos. Washington ha pedido aumentar esa cifra, sin éxito. Organizaciones de derechos humanos señalan que la profunda crisis económica, los apagones y la escasez explican en parte la negativa de La Habana a recibir a más retornados.

Entre tanto, los cubanos atrapados en Guantánamo logran comunicarse de forma esporádica con familiares en Estados Unidos, que a su vez informan a parientes en la isla. En grupos privados, madres, esposas y tías comparten rumores, rezan y se aferran a la fe como único sostén.

“Dios sabe dónde están y los cuida”, escribió una mujer desde Cuba. Esa frase resume el drama humano detrás de una política migratoria que, para decenas de cubanos, convirtió la esperanza de volver a casa en un calvario sin fecha de salida.

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