Miguel Díaz‑Canel salió otra vez a la palestra con el libreto de siempre: EE.UU. es el malo de la película y quiere acabar con Cuba. Este viernes, en un Pleno Extraordinario del Partido Comunista en La Habana, el presidente volvió a repetir lo que su régimen lleva años machacando: las últimas medidas de Washington buscan privar a la Isla de combustible y “asfixiar totalmente la economía cubana”.
El detonante de este nuevo berrinche fue la orden ejecutiva firmada por Donald Trump que permite imponer aranceles a los países que suministren petróleo a Cuba, en un intento de cerrar las vías de oxígeno energético que aún le quedan al régimen después de que la mayor parte de sus aliados, como Venezuela, dejaran de enviar crudo.
Díaz‑Canel no se guardó nada: llamó a la iniciativa estadounidense un acto de “maldad y perversidad imperialista” y acusó a Trump y al secretario de Estado Marco Rubio de armar una estrategia de “presión total y chantaje económico”. Para él, estas medidas no son una política internacional legítima de presión, sino un ataque dirigido a estrangular al pueblo cubano.
Desde su cuenta en la red social X —la misma donde ha venido desde hace semanas señalando que Cuba es una supuesta “amenaza” para EE.UU.— Díaz‑Canel afirmó que Trump “pretende asfixiar la economía cubana imponiendo aranceles a países que soberanamente comercien petróleo con Cuba”.
El argumento del régimen cubano es siempre el mismo: cada vez que Washington mueve pieza, ellos lo presentan como un acto agresivo, criminal o incluso genocida. El canciller Bruno Rodríguez también denunció la medida como una “brutal agresión” y afirmó, junto con Díaz‑Canel, que lo que está ocurriendo es una escalada en la política de bloqueo y coerción contra la Isla.
Pero aquí está lo que no dice el régimen: Cuba enfrenta una crisis energética gravísima. Según reportes internacionales, el país podría quedarse sin reservas de petróleo en cuestión de semanas si no recibe abastecimiento, justo cuando ya padece cortes de energía diarios y un desplome en la producción económica.
En vez de asumir la responsabilidad de décadas de mala gestión, dependencia total de importaciones y de mantener un sistema político que ahuyenta inversiones y socios, Díaz‑Canel prefiere tirar la piedra hacia afuera. La culpa siempre es del “imperialismo”, y la solución que propone el régimen es más de lo mismo: resistir, resistir y resistir, sin reformar nada en lo esencial.
“Nuestra premisa seguirá siendo la de prepararnos para avanzar incluso cuando se agudicen más las restricciones. Nunca la rendición será la opción”, dijo, pintando al régimen como víctima heroica. Ese discurso puede sonar bonito en propaganda, pero en la práctica significa más sufrimiento para el pueblo, más apagones, más escasez y más sacrificios mientras los que mandan se refugian en el poder.
Las declaraciones de Díaz‑Canel también llegaron en medio de un agravamiento de las relaciones con Washington tras la operación militar estadounidense en Venezuela que terminó con la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores, otro golpe a la red de apoyos del régimen cubano.
Al final, el mensaje de Díaz‑Canel no fue un llamado a reformar el sistema, no fue una apuesta por cambios que devuelvan derechos y oportunidades a los cubanos. Fue un discurso victimista y defensivo, con la misma receta vieja: culpar al bloqueo y al imperialismo mientras se perpetúa un régimen que ha arruinado la economía y mantenido al pueblo en crisis por más de seis décadas.










